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"España, durante la Guerra de Sucesión había perdido dominios, rubricados con el Tratado de Utrecht en 1713. |
2026-07-26
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Acción, reacción

Si pudiésemos viajar en el tiempo, comprobaríamos que todo tiene un comienzo y un final. En el 14 de julio de 1773 por ejemplo a Londres, observaríamos que no sería un día cualquiera dependiendo de para quien, tal cual sucedió y sucede, pues cada uno “cuenta la feria como le va”.
Aquel 14 de julio, una de las potencias más importantes del planeta instauraba físicamente un lugar para los corredores de bolsa, que hasta ese momento habían tenido negado el paso a la Royal Exchange. Aquel lunes, los comerciales que trabajaban a gritos, vendiendo y comprando, fumando en pipa, y tomando té o café, en la cafetería New Jonathan’s, iban a refrendar sus operaciones en el mismo edificio, pero bautizado como The Stock Exchange. Los Bears eran los que apostaban a la baja, los Bulls eran los que apostaban al alza. Y sin saberlo, los toros y los osos, esos hombres de negocios no solo habían hallado un lugar más idóneo para tomar café, sino que habían creado la infraestructura que canalizaría la riqueza de la Revolución Industrial.
Tres compañías cotizaban en la Bolsa de Londres en 1773, pero la Compañía de los Mares del Sur (South Sea Company) fue la que estuvo en el centro absoluto de las tensiones con la Corona Española.
España, durante la Guerra de Sucesión había perdido dominios, rubricados con el Tratado de Utrecht en 1713.
Parte de esas pérdidas fueron la concesión a Inglaterra del derecho exclusivo del mercado esclavista en las colonias españolas con el famoso Asiento de Negros. Monopolio que Inglaterra puso en manos de la Compañía de los Mares del Sur. Dicha compañía estableció oficinas y almacenes en lugares portuarios clave de las Indias Españolas como fueron Veracruz, La Habana, Cartagena de Indias, Portobelo y Buenos Aires.
Pero el mercado de esclavos solo era una tapadera para un masivo contrabando de mercancías británicas, burlando de forma sistemática los cuantiosos impuestos de la Corona Española. En el Tratado de Utrecht (1713), se permitía enviar una vez al año un barco con 500 toneladas de mercancías para su comercio, pero la picaresca de los ingleses había entramado una trampa brillante para ellos y desesperante para las autoridades españolas, pues el barco con sus 500 toneladas fondeaba en el puerto, pero de noche, y con barcos de apoyo más pequeños volvían a llenarlo en secreto desde alta mar como si las bodegas tuvieran un pozo sin fondo. Cansados Felipe V y Fernando VI, ordenaron patrullas de guardacostas muy agresivas en el Caribe. Y en una de esas patrullas, un capitán español le cortó una oreja al contrabandista ingles Robert Jenkins al que le dijo:
—Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve.
Este incidente fue utilizado años después por el Parlamento británico para presionar y declarar la Guerra del Asiento, o Guerra de la Oreja de Jenkins contra España en 1739.
Pero cuando Carlos III llegó al trono de España, aquellos contratos con la Compañía de los Mares del Sur ya habían sido cancelados, pero a los ingleses les tenía ganas porque las secuelas de aquellos contratos estaban muy vivas.
Carlos III como ilustrado aplicó la máxima que dice el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Su objetivo prioritario era debilitar al Imperio británico, se la tenía jurada porque no paraba de carcomer territorios y comercio a España, en el Caribe y el Atlántico. Así que lo que se le ocurrió fue a este Rey fue lo de apoyar la independencia de las trece colonias inglesas que querían ser americanas, sin pensar a largo plazo.
Carlos III estaba jugando con el fuego dinástico. De hecho, varios de sus ministros le advirtieron del peligro. El caso más conocido es el del conde de Aranda, quien en 1783 le presentó un memorial, cuya autenticidad exacta refleja perfectamente el sentir de la época con una profecía brutalmente acertada.
Esta república federativa ha nacido pigmea, por decirlo así, y ha necesitado del apoyo de dos potencias tan poderosas como la de España y la de Francia para conseguir su independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante, y aun coloso temible en aquellas regiones... El primer paso de esta potencia, cuando haya logrado su engrandecimiento, será apoderarse de las Floridas para dominar el golfo de México... y aspirará a la conquista del vasto imperio de Nueva España.
Sin lugar a duda, el Conde de Aranda, fue un visionario y dio en el clavo una vez más. Carlos III había ayudado a parir a la nación que, apenas unas décadas después, inspiraría las independencias de las propias colonias españolas en América y que, a finales del siglo XIX, en 1898, le arrebataría a España sus últimos territorios ultramarinos como los de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
Rascando solo un poco en la historia podemos observar como las alianzas de conveniencia suelen tener efectos colaterales de alto coste. Que, aunque fuese llamado El mejor Alcalde Madrid, y también fuese un acérrimo cazador, un bebedor diario de chocolate y un devoto de misa diaria, además, erró ayudando económicamente con armas y caudales a la independencia de las trece colonias en contra de Inglaterra, y para más inri nunca puso el pie en las NN. PP. de Sierra o Andalucía dejando patente la máxima del despotismo ilustrado Todo por el pueblo, pero sin el pueblo.
Carlos III, el muy regio, había heredado de su padre la encomienda de recuperar Gibraltar y Menorca, por lo que recobrarlas era cuestión de honor y por supuesto de control en las aguas del Mediterráneo, a costa de lo que fuese menester. Y así lo hizo, aprovechando que Inglaterra estaba guerreando en América, España, lanzó el Gran Sitio de Gibraltar, un bloqueo brutal de casi cuatro años, logrando con él la reconquista de Menorca en 1782, pero lo de Gibraltar no lo logró. Esa es otra historia. Para defender España debía debilitar a los ingleses.
Con esa máxima, planificaba que, si Inglaterra perdía sus trece colonias, perdería sus principales fuentes de materias primas y el gigantesco mercado, y así dejaría de ser la reina de los mares. En el Tratado de París de 1783, Carlos III recuperó Menorca, Florida oriental y occidental, y expulsó a los ingleses de la costa de Nicaragua. Fue, probablemente, el momento de mayor gloria militar y territorial de España en todo el siglo XVIII.
Pero a largo plazo, el tiro nos ha salido por la culata. Aquellas trece colonias se han transformado en los EE. UU. Carlos III esperaba que los recién nacidos Estados Unidos fueran una nación débil, agraria, fragmentada y fácil de contener tras la frontera del río Misisipi. Pero lo que nunca imaginó que ese pigmeo, como lo llamó el conde de Aranda devoraría la Florida española en 1821 y, eventualmente, la mitad del territorio de México en el siglo XIX. Y en este siglo XXI, desde aquellas “pigmeo” de Aranda, nos sobreviene a España, una amenaza tras otra sobre los aranceles, y demás tiras y aflojas siguen acaeciendo a España.
Creo que lo que hizo Carlos III, fue el clásico ejemplo de ganar la batalla del presente a costa de condenar el futuro. ¿Y tú, qué opinas?


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