"Desde una perspectiva ética, la guerra socava los principios más básicos que sostienen la vida en sociedad. 

2026-07-12

El 5 % del PIB

La cumbre de la OTAN en Ankara destaca que los países miembros de la NATO, forzosamente, han de aportar anualmente el 5 % del PIB. El magnate Trump, clama “proteger”, así lo exige. La industria armamentística de EE. UU. cómplice de toda guerra, que íntegramente se lleva el clamor de su “proteger”, siendo la gran beneficiada de esta abominable medida para el humanismo ante la justicia, la razón y la ética de la convivencia humana, la igualdad. Resulta muy triste. Ante la paz, siempre la guerra.

 

¡Guerra! ¡Qué palabra! Injusta y justificadora de todo.

 

La palabra “guerra” evoca, de inmediato, imágenes de destrucción, dolor y separación. Es un concepto cargado de emociones y de historia, capaz de modificar sociedades enteras y de marcar para siempre la memoria de quienes la viven. Sin embargo, más allá de sus expresiones visibles, la guerra posee un significado profundo que, filosóficamente, invita a una reflexión sobre la justicia, la razón y la ética de la convivencia humana. Cuando se afirma que la guerra es “injusta y justificadora de todo”, se está señalando una paradoja fundamental: aunque muchas veces se pretende legitimar con argumentos políticos, económicos o ideológicos, la guerra en sí misma rompe el hilo de la equidad, de la igualdad y de la dignidad compartida.

Desde una perspectiva ética, la guerra socava los principios más básicos que sostienen la vida en sociedad. En ella, las normas de justicia se subordinan a la violencia, y la razón del más fuerte se impone sobre la del más justo. Las decisiones, muchas veces, se toman bajo la lógica de la utilidad inmediata o de la imposición de poder, dejando de lado el valor intrínseco de cada ser humano. La igualdad, entendida como reconocimiento de derechos, dignidad y libertades, se desintegra en un escenario donde la supervivencia y la agresión dictan la ley. Así, la guerra no solo causa sufrimiento físico, sino que corroe la posibilidad de relaciones humanas basadas en respeto mutuo, solidaridad y cooperación.

Además, la guerra es “justificadora de todo” porque actúa como un velo que cubre comportamientos y decisiones que, en tiempos de paz, serían inaceptables. Bajo la excusa de la necesidad estratégica o de la defensa, se toleran acciones que vulneran los derechos fundamentales, se naturaliza la violencia y se legitima la opresión. La violencia se normaliza y se multiplica, porque se presenta como un instrumento para un fin considerado “mayor”. Esta lógica es peligrosa porque transforma la injusticia en regla y la desigualdad en algo inevitable. En este sentido, la guerra no solo destruye cuerpos y ciudades, sino que también destruye valores, desmantela equilibrios sociales y desfigura la noción de igualdad.

La reflexión sobre la guerra —el 5% del PIB— también nos exige considerar la igualdad de género y la manera en que los conflictos afectan de manera diferenciada a mujeres, hombres y personas con identidades diversas. Históricamente, las guerras han exacerbado las desigualdades, imponiendo cargas desproporcionadas sobre quienes ya enfrentan discriminación o marginalidad. Violencia sexual, desplazamiento forzado, pérdida de acceso a recursos esenciales o la invisibilización de la participación de las mujeres en la construcción de la paz son fenómenos que demuestran cómo la guerra no solo es injusta, sino que reproduce estructuras de desigualdad en múltiples niveles. La igualdad de género, en cambio, implica reconocer que todas las personas, independientemente de su identidad, tienen derecho a la seguridad, a la participación y a la protección de su dignidad incluso en tiempos de crisis.

Filosóficamente, la guerra —el 5% del PIB— invita a cuestionar la relación entre medios y fines. Cuando la violencia se convierte en un instrumento para alcanzar objetivos políticos, económicos o ideológicos, se corre el riesgo de que el fin justifique cualquier medio, por más destructivo que sea. La historia está llena de ejemplos en los que la guerra —el 5% del PIB— ha sido presentada como necesaria para la paz futura, para la defensa de un territorio o para la preservación de una cultura, pero en la práctica ha generado heridas profundas, resentimientos duraderos y desigualdad persistente. En pleno siglo XXI, la ética de la convivencia exige, en cambio, que los conflictos se resuelvan mediante el diálogo, la negociación y la búsqueda de acuerdos que respeten la igualdad de todas las partes involucradas.

El pensamiento sobre la guerra también nos invita a mirar hacia el futuro y a reflexionar sobre la responsabilidad colectiva. Cada persona, en su esfera de acción, tiene la capacidad de contribuir a la construcción de entornos más justos, solidarios y equitativos, donde los conflictos no deriven automáticamente en violencia destructiva. La educación, la cultura del respeto, la promoción de derechos humanos y la igualdad de género son herramientas esenciales para transformar la relación que las sociedades mantienen con la guerra y sus efectos.

Finalmente, la guerra es injusta y justificadora de todo porque su lógica distorsiona la moral, erosiona la igualdad y permite la normalización de la violencia. Más allá de las estrategias y los discursos que la legitiman, su esencia revela la fragilidad de la justicia cuando se prescinde de la ética y del respeto por la vida. Reconocer su injusticia nos obliga a replantear la forma en que vivimos juntos, a valorar la igualdad entre todas las personas y a fomentar caminos de resolución pacífica que respeten la dignidad y los derechos de cada ser humano, sin excepción y con plena conciencia de nuestra responsabilidad compartida. Solo desde esta mirada, profunda y accesible, es posible imaginar un mundo donde la guerra no sea la respuesta ni la excusa, sino una memoria que nos enseñe a vivir con equidad y respeto.

Por lo tanto, las derivadas de los porcentajes del PIB de los países siempre habrían de fluctuar en el beneficio y la prioridad del replanteamiento de la forma en que vivimos juntos, transformando en justicia el sistema global, basándolo netamente en los Derechos Humanos.


 

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