"Cuando el lenguaje deshumaniza, el pensamiento se estrecha.

2026-08-26

El mismo mar moja a todos

Ceuta no es una trinchera: por una respuesta humanista a un drama compartido.

Hay una frase que se repite estos días como un mantra: “españolidad de Ceuta”. Y hay que decirlo sin rodeos: nadie discute que Ceuta es España, que sus vecinos tienen derecho a vivir en paz, a que sus calles recuperen la normalidad y a sentir el respaldo del resto del país. Eso no está en cuestión. Lo que sí hay que cuestionar es el relato que se ha construido alrededor de esa defensa legítima, un relato que convierte a personas —muchas de ellas niños— en una “legión”, en una “anomalía”, en un problema a “resolver” antes que en seres humanos con una historia y un sufrimiento propios.

Cuando el lenguaje deshumaniza, el pensamiento se estrecha.

Llamar “legión” a un grupo de personas que huyen de la pobreza, la guerra o la desesperación no es una licencia literaria: es una forma de despojarlas de rostro. Hablar de que Ceuta ha sido “tomada” evoca una invasión militar, no la llegada desesperada de miles de personas, muchas menores de edad, que han cruzado a nado o han saltado una valla jugándose la vida. Ese lenguaje no describe la realidad: la moldea. Y una sociedad que empieza a nombrar a los migrantes como una amenaza abstracta tiene ya medio camino andado hacia dejar de verlos como sujetos de derechos.

El humanismo no consiste en elegir un bando entre “los de aquí” y “los de fuera”. Consiste en negarse a que existan bandos cuando lo que hay, en realidad, son personas: los vecinos de Ceuta que llevan semanas viviendo con miedo e incertidumbre, y los menores y adultos migrantes que han llegado en condiciones de extrema vulnerabilidad. Ambos son víctimas de la misma causa: una crisis geopolítica y una gestión migratoria que, tanto en Marruecos como en España y en la Unión Europea, ha fallado durante años a las personas, no solo estos días.

La pregunta que nadie quiere responder.

Y aquí está la pregunta incómoda, la que da origen a este texto: ¿por qué durante este mes de crisis apenas ha habido movilizaciones en la Península exigiendo al Gobierno español y a la Unión Europea una solución digna, sostenida y humana a este drama? ¿Por qué es más fácil convocar una plaza para reivindicar una soberanía que nadie ataca que para exigir políticas migratorias que no obliguen a niños a dormir al raso o a jugarse la vida en una valla?

No es casual. Defender “lo nuestro” no exige mirarse por dentro ni cuestionar responsabilidades propias. Exigir derechos humanos para quienes no tienen pasaporte que los avale, en cambio, obliga a hacer autocrítica: sobre los acuerdos con Marruecos que usan la migración como moneda de cambio geopolítico, sobre la falta de vías legales y seguras para pedir asilo, sobre años de externalización de fronteras que delegan en terceros países la parte más sucia del problema. Es mucho más cómodo indignarse por la bandera que por la política migratoria europea.

Una solución salomónica no es equidistancia, es justicia.

Buscar una salida “salomónica” no significa repartir razones a partes iguales entre quien defiende una frontera y quien huye de la miseria. Significa reconocer que hay dos verdades que no se excluyen:

Ceuta tiene derecho a la normalidad, a la seguridad y a que el Estado no la abandone en la gestión de una crisis que le desborda por tamaño y recursos.

Las personas migrantes, especialmente los menores no acompañados, tienen derecho —reconocido en la Convención de los Derechos del Niño y en el derecho internacional de asilo— a protección, a que se estudie su situación individualmente y a no ser tratadas como una masa indiferenciada de “problema”.

Una respuesta salomónica pasaría por: dotar a Ceuta de recursos extraordinarios y reales, no solo simbólicos; activar de forma inmediata los protocolos de protección de menores con garantías, coordinados entre el Estado, la Ciudad Autónoma y las ONG especializadas; exigir a la Unión Europea un mecanismo de reparto y financiación que no deje a España, y menos aún a Ceuta, sola ante estas crisis recurrentes, y abrir una negociación diplomática seria con Marruecos que no use a las personas como instrumento de presión política.

Nada de eso se consigue con arengas que oponen “españolidad” a “derechos humanos”, como si fueran incompatibles.

El patriotismo que no se avergüenza de la compasión.

Se puede amar profundamente el propio país y, al mismo tiempo, negarse a que ese amor se convierta en excusa para mirar hacia otro lado ante el sufrimiento ajeno. Ese es el patriotismo que merece la pena defender: el que protege a los suyos sin necesitar deshumanizar a los demás para hacerlo. El que sale a la plaza tanto para abrazar a Ceuta como para exigir que ningún niño vuelva a cruzar el Estrecho jugándose la vida porque no existió una vía legal para pedir ayuda.

La concentración del 2 de septiembre puede y debe ser un gesto de solidaridad con Ceuta. Pero esa solidaridad será incompleta, incluso hipócrita, si no va acompañada de la misma exigencia de justicia para quienes, empujados por el hambre o la guerra, no tuvieron la fortuna de nacer del lado correcto de una frontera.

No hace falta elegir entre Ceuta y los derechos humanos. Hace falta, simplemente, negarse a que nos hagan elegir.


 

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