"Décadas llevan los jóvenes y jubilados siendo expulsados de poder disfrutar de un techo digno. 

2026-10-04

Marca España

Llamaron al timbre. Abrió la puerta. Quien estaba al otro lado se identificó. Tenía enfrente al agente judicial. En aquel momento su cerebro recibió un fino zumbido punzante. El miedo le paralizó. Le entregaban en mano, del juzgado, la orden de desahucio (producto nacional). Su pensamiento en tromba derivó en monotema. En el martillar interior de su cabeza resonaba una y otra vez: No he logrado defender mi techo. He fracasado, he fracasado, he fracasado…

El dolor se apodera, le inunda, le corroe. El sufrimiento le abate, le destroza y le deja como una piltrafa. Una perdedora lucha transcurre segundo a segundo, día tras día. Han pasado seis meses y las pastillas que le receta el siquiatra lo han convertido en un zombi a ojos del vecindario…

Hay aspectos de esta vida mundana que mirarlos más que con la cabeza (razonamiento), hay que mirarlos con el corazón (humanidad).

Hablamos de hogares (casas, pisos, viviendas). No paredes. Hablamos de desahucios (niños, ancianos, mujeres y hombres). Personas. Hacer negocio, el más suculento en beneficio fácil y rápido, es lo que prima en el capitalismo salvaje, en sus inversores y en aquellos llanitos que, teniendo una segunda vivienda, la alquilan pensando que forman parte del Club Bilderberg, en su rama de la economía. Y es aquí, donde cuantas personas participan de esta ‘fiesta de la riqueza nacional’, el Estado debiera intervenir contundentemente. No con maniqueo, o compadreo. No con humillación, con negación de derechos, que es lo que las políticas de vivienda de este país están fomentando contra la clase trabajadora (el interés general). Décadas llevan los jóvenes y jubilados siendo expulsados de poder disfrutar de un techo digno. Viviendo en el infierno y el purgatorio. Privar (desahuciar) a una persona de un techo, es dejarla desarmada ante el resto de los demás derechos. Y esto, es aberrante.

Ante la normalización de este brutal agravio generalizado. Hay que frenar el capitalismo salvaje y hay que hacerlo con leyes, que reviertan la intranquilidad a la más absoluta tranquilidad, aprobadas en el parlamento de forma unánime. Es una cuestión de interés público, de interés general.

Hoy, la especulación a través de las leyes permite, desde el sistemático abuso normalizado, enriquecerse con un bien esencial (la vivienda). Y este atropello por antonomasia es, se convierte en propiciar la auténtica marca España: Desahucio, s. El gran fracaso del Estado español. Una vergüenza internacional para España y su presumida Ñ patriótica.


 

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