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"En este caso, lo que importa no es la intención, sino el resultado final. |
2026-03-08
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El Bien

Son tiempos de dispersión, de ambigüedad, de relativismo de valores y posiciones, de límites difusos. El sociólogo Zygmunt Bauman ha acuñado el término de ‘sociedad líquida’ para definir el momento actual de inestabilidad, fluidez y cambio constante. En este contexto es difícil albergar la seguridad interior de tomar decisiones mínimamente acertadas, de establecer criterios y referencias lo suficientemente claros para sentir que construimos poco a poco nuestra vida.
¿Cómo saber que las decisiones que se toman son las adecuadas? ¿Cómo valorar la conveniencia o no de la ingente influencia bajo la que nos encontramos a todas horas?
Estas son preguntas de carácter filosófico que requieren, por tanto, de respuestas filosóficas. Y como tantas otras ocasiones, en Platón encontramos una guía. El filósofo de la Academia afirmaba que la idea del Bien, superior a cualquier otra, es el destino final del ser humano, la que puede proporcionar sentido como dirección, como finalidad y como ser.
El Bien hay que entenderlo, no solo como bondad, sino como excelencia, como perfección, como destino de la evolución, algo parecido al Dharma de la tradición hindú. ¿Cómo se traducen estas honduras filosóficas en lo cotidiano?
Señalando el criterio del Bien.
De entrada, hacer el bien. Una decisión que culmine haciendo el bien es una decisión acertada, mucho más, desde luego, que otra que no lo provoque o incluso, que dé lugar al efecto contrario. Los destinatarios de nuestro bien pueden ser muy variados, desde la sociedad en su conjunto hasta alguien en particular, e incluso nosotros mismos si no se hace a costa o en contra de los demás.
En este caso, lo que importa no es la intención, sino el resultado final. La buena intención no sirve de nada si no se consigue el bien. Querer hacer el bien y conseguirlo. “Lo único necesario para que triunfe el mal es que los buenos no hagan nada”, llegó a decir el filósofo británico Edmund Burke.
Otra forma de aproximarse al Bien es con criterio de excelencia. Siempre es preferible hacer bien, de la mejor manera posible, lo que sea que estemos haciendo, que de manera mediocre. Hacer bien las cosas requiere voluntad, conocimiento y un buen número de virtudes al alcance de cualquier ser humano. La excelencia no implica competir por ser el mejor, sino mejorarse a sí mismo al margen de lo que hagan los demás.
Hacer lo que está bien en todo momento es la recomendación universal que damos en la escuela de filosofía, con tres beneficios claros: el bien en sí, el propio autodominio que seguramente tendré que realizar y las propias virtudes que tendré que poner en práctica para conseguirlo.
Hacer lo que está bien en cada momento tomando como base de partida nuestras limitaciones y dificultades, los fracasos y errores, es una forma excelente de crecimiento interior.
El Bien es una referencia insustituible y permanente que, en esta sociedad neblinosa y poco clara, se alza como una luminaria inconfundible, con cuya guía podemos llegar a lo mejor de nosotros mismos, nuestra más perfecta versión. Es un sendero evolutivo, un camino de perfección.


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