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"El ser humano ha tenido desde siempre una íntima certeza: cuando todo parece acabado surge una nueva oportunidad. |
2025-12-28
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Sol Invicto

Acabamos de pasar el solsticio de invierno, que en Jaén tiene un lugar privilegiado para vivirse en el barranco de las Tinajas, en Otiñar, viendo el efecto de luces y sombras sobre una imagen especial grabada en la cueva del Toril hace más de cuatro mil años, y que según descubrieron científicos de las Universidades de Jaén y La Laguna, marcaba el inicio del invierno para estas comunidades arcaicas.
Desde siempre, el día con la noche más larga tuvo un fuerte contenido simbólico, relacionado con el eterno combate entre la luz y la oscuridad. La propia Naturaleza se encarga de escenificarlo en el mejor decorado. En el inicio de los tiempos imaginemos la vida en una pequeña comunidad: empieza el invierno, cuando el frío es la sensación habitual, la vegetación se apaga, la vida se oculta, el hambre hace presencia si la cosecha o la caza fueron escasas, y las primeras fiebres, las debilidades producidas por la humedad permanente, aflojan el cuerpo y ensombrecen el alma. En ese escenario, la noche gana duración, el sol reduce su presencia hasta un punto mínimo en el que parece que todo va a acabar.
Hasta que después de seis jornadas de solstitium (“sol quieto”), el sol empieza a renacer, y los días vuelven a hacerse más largos paulatinamente. Hay una gran carga simbólica en este relato que todos los años se repite. Es el Sol Invictus, el triunfo de la luz sobre la oscuridad. La luz, la vida, la sabiduría vencen a la oscuridad, la muerte, la ignorancia.
El ser humano ha tenido desde siempre una íntima certeza: cuando todo parece acabado surge una nueva oportunidad. Esta certeza, que estoy seguro ha tenido alguna vez la persona que lee estas líneas, es muy difícil de explicar con palabras, pero puede atesorarse con un símbolo. Y esto representa el solsticio de invierno. La Naturaleza es la que proporciona los símbolos más universales y efectivos.
Sé que todo esto resulta extraño para nosotros, con todos los días iguales bajo la luz de nuestras lámparas, tras los cristales de nuestras casas, entre las calles alquitranadas y los escaparates de un sinfín de tiendas.
Invito a hacer una pequeña experiencia: desplazarse unas horas antes del amanecer hasta un lugar de naturaleza silvestre, en mitad de una zona arbolada y agreste y permanecer en ese sitio sin ninguna luz hasta la salida del sol. ¿Qué sensaciones experimentamos? Es muy difícil de describir, pero seguro que una sutil mezcla de temor, parálisis y desasosiego previa a la madrugada. Y de alegría, asombro y acogimiento al alborear. Es una vivencia simple y ancestral que nos hace comprender lo que significa realmente que salga el sol en nuestra vida, con sus dones de luz y calor, de conocimiento y amor.
La propia Naturaleza, los cielos, muestran la realidad: que la oscuridad no existe, sólo es ausencia de luz. El Sol nace de nuevo, en el solsticio de invierno y en cada día. Es cuestión de aguardar un poco más, atentos a las primeras señales.


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