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"La luz vence a la noche, pero también deja fuera de nuestra mirada el origen de lo que consumimos y el destino de lo que arrojamos. |
2026-10-04
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Bajo un cielo encendido

La noche llega a la ciudad y encuentra las ventanas abiertas, las avenidas despiertas, los rótulos encendidos hasta el alba. Sobre los tejados queda un cielo pálido, sin estrellas. No se fueron: las fuimos tapando con una claridad que aprendimos a llamar progreso.
Nos hemos acostumbrado a que nada se detenga. Queremos la casa templada, las tiendas abiertas a cualquier hora, el coche que nos acerque hasta la puerta, el teléfono que aguarda despierto junto a la cama. Cada comodidad parece pequeña mientras permanece aislada; juntas, reclaman energía, recursos y una tierra que no puede reponerse al ritmo de nuestro deseo. La luz vence a la noche, pero también deja fuera de nuestra mirada el origen de lo que consumimos y el destino de lo que arrojamos.
¿Quién paga la factura de un mundo que no se permite oscurecer? No todos consumimos lo mismo ni tenemos los mismos medios para resguardarnos cuando el aire quema, el agua escasea o la tierra pierde su amparo. Hay quien cierra la ventana y enciende el aire; hay quien recibe primero el calor, la falta de agua, la incertidumbre. La crisis ecológica no reparte sus golpes con justicia: a menudo alcanza antes a quienes menos han contribuido a provocarla.
Sería cómodo dejar la culpa en una bombilla olvidada, en una bolsa, en un gesto aislado. Algo de responsabilidad nos corresponde, desde luego, pero no se reparte por igual ni basta con pedirle al individuo que corrija lo que las decisiones sobre producción, transporte y consumo siguen agravando. Hay una injusticia en cargar sobre quien menos tiene un daño que apenas ha contribuido a provocar.
Quizá por eso levantamos tan poco la vista. Las estrellas no solucionaban nuestras urgencias, pero nos recordaban que el cielo no era una lámpara nuestra, ni el mundo un lugar obligado a sostener cualquier deseo. Bajo tanto resplandor hemos confundido la comodidad con el derecho a no tener límites y el crecimiento con una promesa que nunca acaba de cumplirse.
El progreso tendría que hacer más habitable la vida, no dejar a otros la factura de nuestra comodidad. Una estrella que asome sobre los tejados no habrá resuelto la crisis, pero puede devolvernos una pregunta que la claridad suele borrar: qué estamos dejando a oscuras para mantener encendida nuestra forma de vivir.


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