"Las redes no inventaron esta vanidad, pero aprendieron a alimentarla.

2026-07-26

La prisa por opinar

Nos hemos acostumbrado a opinar antes de saber. Aparece un titular en el teléfono y, antes de que la noticia termine de abrirse, ya hemos dictado sentencia. Culpable. Inocente. Héroe. Miserable. Todo cabe en el tiempo que tarda un dedo en recorrer una pantalla. Todo menos la duda.

Decir «déjame pensarlo» se ha vuelto sospechoso. Si callas, consientes. Si preguntas, molestas. Si cambias de opinión, alguien rescata lo que dijiste hace tres años, como si rectificar fuera una traición y no la prueba de que aún seguimos pensando. Hemos convertido la conversación en un juicio donde todos quieren ser fiscal y casi nadie acepta sentarse un momento entre el público. Cada asunto llega dividido en dos paquetes cerrados. Si abres uno, parece que debas aceptar todo su contenido: las razones, los prejuicios y hasta los enemigos. Quien no compra ninguno queda bajo sospecha. Hemos olvidado que conversar no consiste en vencer al otro, sino en permitir que una idea salga distinta de como entró.

El problema no es que tengamos demasiadas opiniones. Es que muchas ni siquiera son nuestras. Nos llegan preparadas, con palabras, culpables y adversarios incluidos. Solo tenemos que escoger la que mejor combine con la tribu a la que pertenecemos. Después buscamos argumentos para defenderla. Ya no pensamos para comprender lo que ha ocurrido; pensamos para demostrar que nosotros ya teníamos razón antes de que ocurriera. Pensar de verdad tiene un precio. A veces nos deja sin bando, sin aplauso y sin respuesta. Por eso resulta más cómodo heredar una certeza que construir una duda. La primera abriga; la segunda nos deja a solas con nosotros mismos.

Las redes no inventaron esta vanidad, pero aprendieron a alimentarla. Premian la certeza, la furia, la respuesta rápida. No es casual. La indignación nos mantiene más tiempo frente a la pantalla y, mientras nosotros discutimos, alguien convierte ese enfado en datos, influencia y dinero. La serenidad no parece rentable. La prudencia no se comparte. El matiz no se vuelve viral. Nadie aplaude a quien reconoce que le faltan datos. Sin embargo, pocas frases requieren más valentía que un sencillo «no lo sé». No se trata de dudar ante una injusticia evidente ni de esconderse cuando hay que tomar partido. Se trata de no llamar verdad a lo primero que confirma nuestros prejuicios.

Quizá pensar libremente consista también en proteger ese instante anterior a las palabras: el momento en que todavía escuchamos, desconfiamos incluso de nosotros mismos y dejamos una puerta abierta a la posibilidad de estar equivocados. Hay una humildad poco frecuente en aceptar que la realidad puede ser más grande que nuestra primera impresión. La libertad de expresión empieza mucho antes de hablar. Empieza cuando nadie ha elegido aún la respuesta por nosotros. Frente a la multitud que corre a pronunciarse, tal vez la frase más honesta siga siendo la más sencilla: «No lo sé todavía».


 

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