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"Los árbitros son ciegos, nunca ven las faltas del equipo contrario. |
2026-01-31
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Fuera de juego

No tiene hijos ni aficiones el que fija la hora de un partido un sábado a las ocho de la noche a tres grados. O sí los tiene, pero no juegan. Tres grados que en la grada vienen a ser como los cuarenta bajo cero de Chicago, pero sin nieve. De abrir la boca y que salga humillo y se caiga el moquillo y las pestañas se acartonen como los bigotes de una gamba congelada. De los pies mejor no hablamos.
Se tienen el cielo ganado los que acompañan a sus hijos días así o cuando el mismo descerebrado convoca un partido a las tres de la tarde de un junio volcánico. Yo un poco menos. Me refiero a que mi trozo de cielo debe ser más pequeño, porque no siempre voy, porque no siempre estoy, porque incluso cuando voy no estoy del todo. Busco alternativas que me permitan soportar esas casi dos horas interminables. A veces lo hago meditando con la mirada puesta en la portería. Otras veces escucho música mientras camino alrededor del campo. Pero también hay ratos en los que bajo al barro del hoolliganeo y salgo escopetada.
“Corre, cabrón ¿ya te has cansado?”, “tira ahora, joder, no te duermas con el balón”, “pero pásasela ya, ¿no ves que está solo?”, son las lindezas que más se repiten. Supongo que los chavales lo oyen, de hecho, las voces llegan a Jabalquinto. Los árbitros son ciegos, nunca ven las faltas del equipo contrario. Yo sufro. ¿Soy una mala madre cuando me alegro de que los que van últimos ganen a los que van primeros? Pues lo soy. ¿Me dan ganas de salir corriendo junto a mi hijo cuando veo que ha caído mal y se ha hecho daño? Me dan. ¿Le digo “muy bien cariño” al cuello de mi camisa cuando para un gol y “vamos cariño, no pasa nada” cuando se lo enchufan? Lo digo. Tengo que contener las ganas de llevarle un puñado de frutos secos cuando pienso en el frío que debe estar pasando, o cuando algún chaval cae al suelo y le veo quejándose. Por eso medito, escucho música o hago fotos. A veces incluso todo al mismo tiempo, durante el partido. Antes hacía más fotos, y me llevaba mi tiempo descargarlas, editarlas y compartirlas. Ahora hago menos, porque, aunque no fotografío a los chavales buscando ningún tipo de alabanza a la instantánea, sino para que tengan un recuerdo, me rechina un poco que algunos padres se pongan esas fotos en sus perfiles de WhatsApp, pero se les olvide dar las gracias. Ya no te digo que el club, sin permiso, y sin siquiera preguntar qué me parece, utilice alguna de esas imágenes para hacerse propaganda. No lo comprendo. Por más que Mediaset o el Ayuntamiento de Madrid hayan hecho lo mismo con algunas fotografías mías. Eso me pasa porque soy más partidaria del respeto y la gratitud que de la marca de agua. Así me va, claro.
Por lo general, esos padres y madres son majos. Unos más apasionados. Otros más tibios, y luego estoy yo, que sigo sin saber lo que es un fuera de juego, voy a mi aire, no alterno y tengo que preguntar cómo va el partido, aunque lo esté viendo porque me distraigo haciendo fotos a las cigüeñas mientras el resto celebra un gol.


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