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"Y mi paisano tiene ese don. La ternura en su voz dormida. |
2026-06-28
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La boina de Uclés

Tenía ganas de ver a David Uclés, de saludarle, de charlar un ratillo, de leerle, y de hacerlo todo en ese orden. De modo que fue parada y fonda de uno de mis paseos por la feria del libro de Madrid estos días de atrás en los que convergieron como protagonistas de la actualidad del foro la feria, la visita del Papa, y la estancia de Bad Bunny. Es medio paisano, o paisano entero, según se mire, dependiendo de la amplitud del concepto de paisanaje que cada cual queramos darle.
Iba vestido de otoño aun con los más de treinta grados que caían en el momento de la firma, pero para un muchacho de Jaén, treinta grados son (casi) un refresco. El caso es que según le vi tuve la sensación de que le iba a entrar el piojillo con su boina de paño y su camisa de cuadros de manga larga. Tiene su aspecto un aire mezcla de campesino, bohemio y desvalido, de esos que incitan al abrazo, aunque ese aire solo esté en quien lo respira a menos de un metro con la mirada inquisidora del prejuicio inconsciente. Ese mal de muchos que ni a los tontos consuela.
Después de una breve conversación, las firmas de rigor y cincuenta euros menos en mi cuenta, me alejé de su caseta con las casi mil páginas que suman su península y su ciudad, destinadas a ser leídas en agosto y en mi pueblo, después de la siesta. Unos días después de aquel breve encuentro le volví a ver en un par de entrevistas y me pareció menos bohemio y menos desvalido: Mercedes Milá y Marc Giró se han encargado de eviscerar el prejuicio devolviéndome una imagen del autor como un labrador de historias que remueve la tierra más allá de las raíces de los olivos, del trigo y del romero.
Me gusta la forma en la que Uclés defiende sus convicciones, sin despeinarse —el despeinado le viene de serie, tal vez por eso no se desprenda de su boina— y con la retranca indestructible que nace de la sabiduría y se proyecta con una sonrisa. Es algo que se agradece en estos tiempos en los que andamos cortos de mecha y la piromanía de la provocación, sustentada en la mentira, arrasa sin piedad.
En una de las entrevistas contaba que tiene la costumbre de visitar las catedrales de los lugares a los que va, y de rodearlas varias veces como parte de un ritual de buena suerte, lo que demuestra que hasta las mentes más lúcidas necesitan confiar en algo más que en sí mismas. En cierto modo es un desafío que contraviene a los planes de dios, de cualquier dios que haya dejado escrito el destino de sus mortales. No sabría decir si es más gamberra que inocente esa intención de depositar en un gesto la esperanza en que el azar se vea obligado a dar un giro a favor del viento. Probablemente sea mi falta de fe la que me lleva a pensar que es posible ganar la partida a lo que ya está escrito donde no hay nada escrito. Integrar en la realidad palpable la intangibilidad de la magia de lo que no se aprecia con los sentidos, es la virtud que diferencia a los artistas. Y mi paisano tiene ese don. La ternura en su voz dormida. Y el corazón bajo la boina.


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