"A y voltearlos una vez que llega al final para escuchar la B…

2024-06-30

 

La vieja gramola

 

No hay en la música guerra más cruenta. Ni siquiera un (no tan hipotético) enfrentamiento entre las huestes de Beyonce y Taylor Swift —«BeyHive» versus «Swifties»— podría alcanzar los niveles de fanatismo de los friquis del vinilo, ni mucho menos, el rechazo que estos generan entre quienes repudian su cuasi enfermiza devoción por el sonido analógico.

Cierto es que, por generación, me correspondería militar en el ejército de los platos y las agujas. Ya ha quedado contado aquí que coleccioné vinilos incluso antes de poseer equipo donde escucharlos (efectivamente, yo fui miembro de aquel estúpido ejército de la bolsa de discos debajo del brazo, mendigando de pub en pub para que los pincharan). Pero en este caso, seré fiel al nombre que reza en mi sección («Rebobinando el casete») y, manteniéndome al margen de las disputas analógico-digitales, ejerceré de mero observador de la contienda. Por cierto, prepárense queridos melómanos-lectores, puesto que las cintas de casete también están de vuelta y —¡sorpresa!— quienes las compran, sobre todo en Estados Unidos, son la generación más joven, que los ve como un novedoso artilugio, o al menos como una forma de «merchandising» físico que les permite un mayor acercamiento a sus artistas favoritos, aunque, por de pronto, Sony no se ha planteado el regreso del walkman.

Ese mismo acercamiento físico al artista venerado a través del objeto físico (el disco) ha sido uno de los principales factores que han ocasionado el resurgir del vinilo. Lo de la nostalgia del crepitar de los discos, las sutiles diferencias del sonido que se aloja en los microsurcos, incluso lo del sagrado ritual de sacarlos de la funda, colocarlos en el plato, acercar la aguja hasta la superficie, escuchar la cara

A y voltearlos una vez que llega al final para escuchar la B…

y todo ello mientras te tomas una cerveza o una copa en la penumbra de tu biblioteca o tu sala de música, no son más que pamplinas peliculeras. Como mucho, si el salón da para ello, se tendrá un rincón para el plato que, por falta de tiempo siempre, casi nunca se pondrá en funcionamiento, por lo que los discos —los nuevos y los viejos— continuarán acumulando polvo durante unas cuantas décadas más.

Y todo esto me ha llevado a un momento anterior, a mis primeros vinilos y a mis cintas rebobinadas con un boli Bic: el día en el que me fue revelado de dónde venía aquella afición de mi padre a cantar por Angelillo cuando íbamos en el coche. Una extraordinaria pasión por el flamenco de mi familia que descubrí dándole manivela a una vieja gramola. Aquellos 78 r.p.m. de pizarra que el abuelo había conservado como oro en paño, y que fueron el gran descubrimiento de mi infancia.

De entre todos los discos, que no faltaban los del maestro Chacón, aunque eran más numerosos los de Valderrama, la Niña de la Puebla o los del mismo Angelillo —el preferido de mi padre—, me fijé en un artista cuya voz quebrada y ronca, fea, se hacía notar sobre el resto de una colección, donde lo que predominaba eran gorgoriteo preciosista y forzadas filigranas de canarios cantores.  Esa voz era la de Manolo Caracol. Escuchar sus grabaciones me sumía en un cúmulo de sensaciones contradictorio. Sin saber por qué razón, aquel canto herido como un llanto terrible me producía, primero, inquietud, para desembocar después en un desasosiego, una aspereza hasta entonces desconocida para un niño de ocho o diez años. Sus letras llenas de amores desesperados y no correspondidos me martilleaban la cabeza hasta casi provocar una metástasis en mi ánimo.  

Y mientras el perro de la Deutsche Grammophon giraba y giraba sin parar en el plato al compás de mi mano, yo veía a mis abuelos jóvenes, y a mi padre y a mis tíos cuando eran niños; todos alrededor de una mesa grande.

Al fondo, un fogón donde crepitaba una olla inmensa, esparciendo aquel olor a tomillo y a hinojos que tenían los guisos de la abuela.

Entonces, escuchaba a mi padre una vez más entonar aquel fandango de Angelillo: «tralalalaaa… lalalaaa… lalalalalaaaaaaaaaa…» Aunque en mi cabeza no cantaba ese fandango que tanto le gustaba, sino que sonaba más solemne, como a catedral, mientras se tomaba su tiempo a cada estrofa, respirando a compás, dilatando los pasos de un antiguo ritual en un desesperante intento por deformar las palabras hasta trocarlas por un molesto zureo de avispas.


 

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