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"La exigencia del deporte nos devuelve en el espejo nuestra mejor versión. |
2026-07-26
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Nuestra mejor versión

Escribo la contraportada de este número de Libreopinante habiendo sido arrastrado hasta el teclado de mi portátil por los cánticos de los últimos rezagados que vuelven de celebrar del centro de Madrid la consecución de la segunda estrella mundial por parte de nuestra selección nacional de fútbol.
Como todo buen aficionado al balompié nacido en España que pase de la cincuentena, tengo muy clara esa máxima nacional de que el fútbol, por lo general, te da más disgustos que alegrías, y que, cuando estas llegan de su mano, no resuelven los problemas; porque mañana —que ya es hoy—, junto a la resaca y la sonrisa de bobo que dominará nuestra cara por un tiempo, estarán esperándonos las mismas preocupaciones de todos los días.
Es impepinable que el fútbol no resuelve los problemas de un país, pero sí que nos puede dar pistas de cómo es, en verdad, ese país. Así, este nuestro, España, el país de la eñe bordada en su camiseta y el de las dos selecciones —tanto femenina como masculina— campeonas del mundo, es, a pesar de lo que farfullen los de la prioridad nacional, muy parecido a sus selecciones: federal, multicultural, plural y diversa. Es, a pesar de la centralidad de la que presumen quienes mandan por estos Madriles de mis entretelas, no solo predominantemente periférica, sino también inmigrante (y no especialmente de origen latinoamericano) y emigrante (con futbolistas que desarrollan su carrera, su talento, fuera de España). Porque España es, a pesar de quienes nos polarizan y azuzan a diario, un equipo en el que, con paciencia y con mucho trabajo por parte de todos, el resultado positivo termina apareciendo.
En verdad, la exigencia del deporte nos devuelve en el espejo nuestra mejor versión, y eso debería hacernos recapacitar acerca de si somos capaces, también como sociedad, de proponernos ciertos niveles innegociables de consecución y de excelencia en nuestros trabajos, en nuestras relaciones y en nuestros propósitos. Yo estoy convencido de que este país lo ha demostrado una y otra vez, superándose y resurgiendo hasta brillar, a pesar de las adversidades, a pesar de las zancadillas. Pero esa misma autoexigencia deberíamos aplicárnosla y, sobre todo, aplicársela a quienes nos legislan, nos juzgan y nos dirigen. ¿O es que, en una democracia, las instituciones y quienes las representan están por encima, tanto de la voluntad, como de la exigencia popular?
Eso sí —y volviendo a la música, que es lo que le da sentido a esta columna—, mientras seamos capaces de no desafinar, mejor tararear nuestro «lolololo», que eso de darse de trompadas, mientras se desgañitan al compás de sobreactuaciones patrióticas.


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