"el Estado genocida de Israel siempre está ahí, en el centro de la inestabilidad mundial, 

2026-03-08

Un mundo de mierda

Está quedando un mundo de mierda, así, con todas las letras. El capitalismo está consiguiendo sus objetivos: construir una sociedad en la que una minoría de espabilados sin ninguna moral, ética ni nada que se le asemeje viva como dios, mientras una mayoría social que malvive jodida o muy jodida mantiene el chiringuito de mierda, porque el propio sistema ha conseguido que una parte sustancial —mayoritaria— de aquella haya caído en el anzuelo de la estupidez que le ha estado vendiendo durante décadas el propio sistema. Es la sociedad de los dos tercios, pero al revés; ahora son dos tercios de la sociedad los que viven en la pobreza, la inestabilidad socioeconómica y la exclusión, y el otro tercio —en realidad bastante menos que un tercio— el que vive sin apreturas, holgadamente, en muchos casos holgazanamente.

¿Cómo han conseguido que los valores más detestables de la especie humana, como la insolidaridad, el racismo, la xenofobia, el odio al pobre o al diferente cuando éste no es rico, no solo no sean repudiados, sino que se respeten y se defiendan a grito pelado por cada vez más gente en las colas del bus, de la tienda o de la mismísima oficina de empleo? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Es la pregunta del millón para la que, me temo, ni siquiera Rufián tiene respuesta.

Modesta, pero firmemente, creo que el tiempo que vivimos en el conjunto del planeta no es un mero lapsus histórico de crisis económica, como el que se vivió en la década de los años setenta del siglo pasado provocado por el embargo de la OPEP a los países occidentales que apoyaron a Israel en la guerra del Yom Kippur y que cuadriplicó los precios del crudo —por cierto, el Estado genocida de Israel siempre está ahí, en el centro de la inestabilidad mundial, provocándola, porque su propio origen es una ofensa a la paz—, no, en mi opinión lo que vivimos es una crisis civilizatoria, cuya expresión más directa o visible puede ser su vertiente económica, pero que va más allá, es más profunda e infinitamente más letal: es el propio planeta el que está herido —me temo que mortalmente, ojalá se equivoque mi intuición— porque el modelo de producción y consumo capitalista, hegemónico en el mundo, nunca, ni siquiera ahora cuyos efectos se empiezan a sentir con crudeza, ha tenido en cuenta el condicionante medioambiental frente a su único y exclusivo objetivo de incremento de los beneficios económicos. La variable, letal en mi opinión, es que los valores que conforman la ideología capitalista, y que en realidad y en esencia son la ausencia de valores, han sido asumidos o están en proceso acelerado de serlo por una mayoría social que, especialmente en los países de occidente, le ha comprado al capitalismo la idea de que se puede vivir y, más allá aún, que hay futuro sin valores: sin respetarnos a nosotros mismos, a nuestra propia especie, sin respetar el planeta y las “reglas de juego” del mismo, produciendo cosas y, cada vez más, servicios que no solo no aportan nada al ser humano, sino que lo idiotizan y lo embrutecen. Esto, desgraciadamente, está siendo sancionado en el mundo de la política por el respaldo cada vez mayor de los pueblos a través de las urnas, pero tampoco nos equivoquemos; el de la política no es el estadio de salida, sino el de llegada, no es la causa, sino la consecuencia. Y es que nos hemos dotado de hombres y de mujeres detestables en el campo de la política, que llevan a cabo políticas detestables, porque elección tras elección les votamos; es decir, esos políticos y esas políticas no son extraterrestres que aterrizan aquí para gobernarnos, sino que salen de nuestras sociedades, los ha amamantado cultural e ideológicamente nuestras sociedades y, finalmente, estas les han votado. Y ya se sabe, si siembras lechugas, no esperes que germinen tomates.

En resumen, creo que es la especie humana la que requiere un reseteo urgente y absoluto. A veces, con las máquinas da resultado.


 

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