"Yo también tengo mis prejuicios, mis manías y mis ganas de que la realidad me dé la razón.

2026-09-06

Pensar por encargo

 

Hubo un tiempo en que, para saber lo que pensaba alguien, había que preguntárselo. Hoy basta con echar un vistazo a las cuentas que sigue en redes sociales, al periódico que comparte y, sobre todo, a quién insulta. Con tres pistas tenemos el menú degustación completo: ideología, enemigos, indignaciones y hasta la opinión que tendrá sobre un asunto que todavía no ha ocurrido.

 

Nos gusta eso de pensar que somos libres. Queda estupendamente. Nadie se levanta por la mañana, se mira al espejo y dice: «Hoy voy a dejar que otros piensen por mí». Sin embargo, vivimos rodeados de opiniones precocinadas. Vienen en cómodas raciones individuales, listas para calentar y compartir. Las hay de izquierdas, de derechas, de centro, de arriba, de abajo y hasta para quienes presumen de no estar en ningún sitio mientras llevan la camiseta puesta debajo de la chaqueta.

 

Lo verdaderamente curioso es que hemos convertido el pensamiento crítico en una herramienta para examinar exclusivamente a los demás. Detectamos enseguida la manipulación cuando manipulan al contrario. Vemos propaganda cuando la propaganda lleva el logotipo que nos molesta. Sospechamos de un medio cuando publica algo que no encaja con nuestro paisaje mental. Pero cuando la noticia confirma exactamente lo que ya pensábamos, entonces no hay nada que investigar: circulen, aquí solo hay periodismo.

 

Y no hablo de «la gente» como si yo escribiera esto desde una montaña, sentado junto a un anciano de barba blanca que me hubiera entregado las tablas del pensamiento independiente. Yo también tengo mis prejuicios, mis manías y mis ganas de que la realidad me dé la razón. Todos las tenemos. El problema empieza cuando dejamos de reconocerlas.

 

Porque pensar libremente no significa vivir sin influencias. Eso sería tan imposible como intentar salir a la calle sin que te dé el aire. Significa saber que están ahí. Preguntarse de vez en cuando por qué defendemos determinadas cosas, de dónde hemos sacado nuestras certezas y qué tendría que ocurrir para que cambiáramos de opinión.

 

Esta última pregunta es especialmente puñetera. Si la respuesta es «nada», quizá no tengamos una opinión. Quizá tengamos una fe y ahí se empieza a complicar la cosa.

 

Nos han vendido que ser coherente consiste en mantener siempre la misma posición. Yo empiezo a sospechar lo contrario. Cambiar de opinión cuando aparecen mejores argumentos no debería dar vergüenza. Vergüenza debería dar seguir defendiendo una tontería solo porque llevamos diez años defendiéndola y ya hemos comprado las cortinas a juego.

 

Así que quizá el verdadero librepensador —o libreopinante, ya que estamos— no sea quien opina de todo no sea quien opina de todo, ni quien presume de no casarse con nadie. Puede que sea simplemente quien conserva una pequeña habitación de su cabeza donde todavía permite entrar a la duda.

 

Porque pensar por uno mismo tiene una pequeña faena: de vez en cuando descubres que el idiota eras tú.


 

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