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"amor dolor muerte esperanza |
2026-05-03

Ana Moreno Soriano

La galdureiense afincada en Linares Ana Moreno Soriano es licenciada en Filología Hispánica y doctora de nuestra universidad en el Departamento de Lenguas y Culturas Mediterráneas. También ha trabajado en Enseñanza Secundaria y en Educación de Personas Adultas, y fue concejala del Ayuntamiento de Linares desde el año 1992 hasta el año 2007 por Izquierda Unida.
Colabora en distintas revistas literarias, así como en Mundo Obrero, Nuestra Bandera y Pensar desde abajo (donde escribe sobre feminismo, cuidados y la lucha contra el patriarcado); también escribe una columna periódica en Diario Ideal Jaén y en el digital Encuentro Democrático de Linares, al mismo tiempo que mantiene programas de poesía en la radio. Ha participado en obras colectivas de poesía y de crítica literaria y ha colaborado en la presentación de diferentes libros. Su último libro es El laberinto del patriarcado, un ensayo feminista.
Como poeta, ha escrito Mujeres en vuelo, Mujeres de carne y verso, Mujeres tejiendo alas y La materia de los sueños, un poemario este último descrito como un viaje hacia la ternura desde el feminismo combatiente.
En Ana Moreno, el lenguaje se presenta en clave de cotidianidad, aportando una gran transparencia narrativa.
Es sobre todo una poeta de calado y elección popular, de sensibilidad generosa y conscientemente solidaria. Por lo que podríamos decir que el tiempo de la poesía no solo no ha pasado, sino que está por afianzarse con la línea que continúa trascendiendo más en nuestra cultura, la línea de lo social, de la conciencia, la línea de la inmensa mayoría.
Nos comenta Ana sobre su condición feminista y de su poesía:
Yo me reclamo del feminismo político que une la contradicción de clase y la contradicción de género en dos miradas simultáneas... y ...empecé a escribir, casi sin darme cuenta, unos poemas en los que se manifestaban también esas contradicciones de las mujeres sometidas históricamente y que querían ser libres y conquistar su propia identidad...
Creo que, si mañana escribiera una novela, también sería un texto en el que se pongan de manifiesto las contradicciones de género, es decir, que trato de expresar mi compromiso político desde la Literatura; no se me ocurre otra forma de escribir, porque ni el lenguaje ni los libros son inocentes, sino que responden a un momento de la lucha ideológica y yo quiero intervenir en esa lucha del lado de las mujeres y de los pobres.
Hay dos formulaciones que a mi me parecen importantísimas, una de ellas es la que decían las mujeres rusas, a principios del siglo XX -Queremos pan y paz- Y yo quiero que ese grito de ‘Pan y paz’ llegue hoy, también, a las mujeres palestinas y a las mujeres que están sufriendo conflictos armados en cualquier lugar del mundo… El otro grito que las mujeres hemos dicho, a lo largo de la historia es ‘Pan y Rosas’, yo quiero pan y rosas para las mujeres. Porque queremos trabajar, pero también queremos tener tiempo para nuestros hijos, tiempo para leer, tiempo para el amor, tiempo para el ocio… Tiempo, eso que las mujeres siempre hemos buscado y que muchas veces no encontramos…
Disfrutad de esta selección que os he preparado:
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Mujeres de esparto, mujeres de tierra, morenas y enjutas, de sonrisa abierta. Las manos ajadas por espinas negras avivan el fuego, disponen la mesa, reparten caricias, animan las penas... Y, muy de mañana, cuando algunas sueñan, vuelven al trabajo como a una promesa: mojar el esparto, quebrar su rudeza, trenzar cada cabo, seguir la tarea... Viviréis cansadas, lucharéis enteras, amaréis tranquilas, moriréis serenas dejando en el aire sonrisas y quejas que al cabo del tiempo mi voz os devuelva, mujeres de esparto, mujeres de tierra.
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Porque la vida, a veces, nos confunde y nos sorprende un sueño: si te miro, puedes desvanecerte; si te toco, puedo morir de gozo; no me atrevo a decirte que te quiero, ni me atrevo a esperar que tú me quieras. Un día te observé, casi temblando, y vi que me buscabas con los ojos, que sentías en el aire mi presencia y escuchabas en el eco las palabras de alguna canción mía... Y supe que era amor lo que sentimos, aunque fuera un instante que la vida me regaló, para olvidarlo luego.
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Alas para volar, plumas para escribir, palabras para hablar, voces para cantar, labios para besar, manos para crecer... Hagamos un mundo nuevo con el material del que se hacen los sueños: pintemos de color la esperanza, saquemos brillo a la libertad, sacudamos de desidia el compromiso y busquemos el rincón de la ternura... No olvidaremos nunca que hubo un tiempo, sin días y sin noches, para luchar y amar, y que fuimos felices.
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Traspasaba mi mano la piel de tu mano, latía en ella la sangre remansada y amaba el hueso, los nervios de tus dedos, cuando me acariciabas. Mi boca, ávida, buscaba tu boca y apretabas mi pecho con tu pecho, mientras te rodeaba con mis piernas en un abrazo largo. No eras tú ni era yo en las palabras susurradas, ni en el sudor de nuestros cuerpos, ni en el olor de nuestras manos, ni en el sabor de nuestros labios: éramos una misma carne palpitante, un mismo corazón entregado, el mismo eco del mismo te quiero, el mismo éxtasis, el mismo abandono de dos seres libres, amándose en plenitud.
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Ya me cansé de ser mujer fuerte: me quitaré el disfraz de roca, me vestiré de agua, seré tan incorpórea como un sueño, frágil como una pompa de jabón. No volveré al combate y la trinchera porque mis brazos estarán cansados, se negarán a caminar mis pies olvidará mi voz el timbre de la arenga para musitar quejas o plegarias; no veré más allá del horizonte, ni saldré más allá del umbral de esta casa. Me sentiré cansada, inapetente, indolente, con sueño, dolorida... Demandaré atenciones y cuidados que no valoraré, porque seré insaciable; no habrá pena en mi llanto ni alegría en mi risa; en torno a mi, un silencio cada vez más espeso y un frío que detenga las voces y las manos -un silencio de hielo-. Conseguiré que nada me sorprenda, que nada me dañe, que nada me asombre... Seré fuerte en mi debilidad para vengar, así, los agravios a mi fortaleza.
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Sin golpes, sin un grito, sin un gesto... Fue sólo una mirada de hielo, que sintió fija en su nuca y se quedó clavada en la acera del tiempo, sin futuro, sin vida, sin palabras. Aquellos ojos fríos trabajaban sin pausa y ordenaban el mundo a su manera pero no ocurría nada: sólo que una mujer no se movía porque estaba aterrada...
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Bailarina tierna de carita pálida, de ojos insondables y mirada inmensa, dulce bailarina de tutú brillante sobre zapatillas de puntas enhiestas. He visto tu rostro surcado de lágrimas, tus pies doloridos y tus manos tensas tristeza en tus ojos y plomo en tus alas, tu cuerpo cansado y tu boca alerta. Pero era la música quien en ti habitaba, la danza bailaba feliz por tus venas y alzaba tu cuerpo vulnerable y frágil con piruetas altas de hechura perfecta. Baila, bailarina, vives en la música, vives en la danza y con ella sueñas en subir más alto, en llegar más lejos... toma tu escenario, camino y promesa.
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Saludaban sus voces la mañana y empezaban a andar caminos jalonados por almendros y el paisaje de siempre que tan bien conocían: un mar verde de olivos levantados con sudor y trabajo... Ellas, que habían vivido suspendidas en tiempo siempre de otros avivando el calor, enfriando las iras, repitiendo cada día el milagro de dar a manos llenas sin agotarse nunca... Ahora, con sus piernas aquejadas de artrosis y reuma han descubierto el placer cotidiano de andar con las amigas, con tiempo minúsculo que comparten, alegres, como cuando eran niñas. Las veo y me parecen golondrinas -mujeres de mi tierra- siempre en vuelo, al encuentro de sí mismas.
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Ellos para la vida y ellas, para ellos. Porque así estaba escrito en las arenas, en las nubes, en las olas del mar y en los astros del cielo... A ellas nadie les dijo lo que ellos ya sabían, y ellas no preguntaban por temor o vergüenza. Varadas en su tiempo, reclusas en su mundo, creaban y daban vida, sin tener nada propio, ni siquiera sus sueños. Pero un día se miraron y se vieron hermosas y se sintieron fuertes haciéndose preguntas; levantaron los ojos para ver el camino y empezaron a andar. Soportaron el odio, el silencio, la ira, la soledad, el miedo, el desamor, la envidia... pero no se rindieron: Hypatia, Magdalena, Teresa, Juana Inés, Marcela, Olimpia, Mary, Flora, Virginia, Rosa, Clara, Simone, Dolores... Ellas desbarataron lo que ellos escribieron, al ser ellas sin ellos al ser con ellos ellas... ellos para la vida para la vida, ellas.
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Republicana
Tenías el rostro enjuto y surcado de arrugas, a los cincuenta años, ya eras una anciana, un poco de lechuza, y un poco de minerva con tus gafas redondas sobre tu frente ancha, y aquel pañuelo blanco siempre a mano y aquel pañuelo oscuro que enmarcaba tu cara... Ahora pienso que fueron muchos años de eterna duermevela, agolpando de pronto en tu costado el dolor, la nostalgia y la impotencia, dejándote sin aire y sin palabras... Solo una tregua a veces: los recuerdos esponjaban tu alma dolorida, derramados en lágrimas, y decías, apretando tu pañuelo: «He amado, y he luchado, y he cantado... Y estoy viva, porque vivir es eso: enarbolar banderas y esperanzas...»
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Creación
No se hizo la luz porque Dios separara las tinieblas, sino porque alguien levantó una antorcha que iluminó el camino. No llegaba la aurora porque saliera el sol tras la montaña, sino por el esfuerzo compartido de afrontar otro día. No pasamos el mar porque Moisés separara las aguas: nos metimos en él y braceamos y nuestro esfuerzo nos llevó a la orilla. Las manos no son manos para colgar inertes y vacías, sino para sembrar amor y trigo, derribar muros y plantar rosales. Y yo no sería yo sino tuviera un corazón que late, ni tuviera conciencia de la aurora, del naufragio en el mar y de mis manos.
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De porcelana y pena
Pensabas que era tan frágil y él parecía tan fuerte... Te trataba con mimo, te cubría de flores, te calzó los zapatos que tú siempre soñaste y te invitó a su baile. Tú lucías radiante -la vida era una fiesta- Pequeñas mariposas volaban por tu sangre, te embriagaba la dicha de pensar que era amor lo que estabas sintiendo y él estaba a tu lado solícito y galante: acarició tu pelo sin mirar tu cabeza; te colocó en las manos cien lazos invisibles en forma de caricias, quiso sellar tus labios aunque fuera con besos. Y fue así, suavemente como quebró tus alas y te dejó sin vida: ya eres su muñeca, un objeto a su lado que habla, baila y ríe... Pero, a veces, tus ojos se van por la ventana en busca de ese cielo por el que ya no vuelas... Marioneta de carne en el guiñol de otros, atada a un escenario sin pasión ni sorpresas, una pregunta a veces te sube a la garganta y se derrama en llanto: ¿Dónde empezó la fiesta?
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Yo te creo, hermana
Tú no podías comprender sus risas, ni sus turbias palabras, cada fibra sensible de tu cuerpo se revolvió en la nausea y te sentiste una muñeca rota, un puñado de carne atropellada un grito sofocado, un llanto que te ahogaba la garganta, un manto de terror sobre los ojos, y una herida profunda en las entrañas. Violada, interpretada, escarnecida, por ser mujer... La historia de una infamia.
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Consumo cotidiano
Amarrada al duro banco de las bolsas de la compra... Necesitas un poco de distancia, unas gotas de humor y de cinismo para sobrevivir en estos tiempos en los que todo puede resolverse con la tarjeta visa y unas tiendas y no por eso piensas que eres mala... Amarrada al duro banco de la oferta y la demanda, obligada a saber cada detalle, el número, la talla y el regalo, lo necesario que casi nunca es nada lo imprescindible, siempre prescindible, lo que ves, lo que compras, lo que guardas de cada cosa y en cada momento. Amarrada a la nostalgia de la tienda de la esquina, a las tardes de aguja y de hilos cosiendo el traje que después lucías, aquel jersey tejido con tus manos, el pantalón vaquero, aquella falda... Entonces no mirabas la etiqueta pensando en esa prenda que te ofrecen tan cerca y tan barata, porque sabes que no hay que confundir valor y precio: tú pagas una cifra, pero el precio que pagas es tratar de ignorar que cada día una mujer trabaja esclavizada en un taller infame, amarrada al duro banco de las cosas que tú compras y que ella cose con sudor y lágrimas.
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Nada es lo que parece
A veces, un volcán puede ser frío, también la nieve quema. Hay silencios que gritan palabras enterradas en la arena, corales amarillos y flores que germinan entre piedras. Ir es volver a veces, salir es regresar por otra puerta, hay risas que se pierden entre llantos y llantos que consuelan. Puedo ver sin saber que estoy mirando, lo mismo puedo ser luna que estrella. Y viajo a lomos de mis viejos libros y subo al cielo sin dejar la tierra, desplegando unas alas que me crecen en estas manos que parecen quietas.
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Besos
Te beso cada día, cada noche y es siempre un beso nuevo aquí, en la comisura de los labios, en los párpados, en tu mejilla tersa, gustando tu saliva, por tu cuello... Busco tus labios con los mismos labios y siempre son los mismos y distintos y tus ojos me miran como siempre con la mezcla perfecta de agua y fuego, pero hay siempre una gota o una llama que hacen ese momento irrepetible. Es por eso que cada beso es único o quizás es la síntesis de todos, desde el primero que te di hasta este que voy corriendo a darte, pues ya sabes que cuando nos besamos, imagino que vivimos tú y yo en un beso largo donde se juntan todos nuestros versos.
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Asalto a los cielos
¿Recuerdas? Hace años, tú y yo, jóvenes: tus vaqueros gastados, mi melena rizada, tu cigarrillo negro y mi falda de flores; buscábamos el mar bajo los adoquines, |
mirábamos al cielo y nos crecían las alas. Recorrías mi cuerpo con tus manos y yo asaltaba el cielo de tu boca, nombrando el mundo con palabras nuevas, compartiendo promesas y esperanzas. Apresabas un instante en los dedos, le ponías un nombre y una música, lo guardaba mezclado en tus papeles para vivirlo de nuevo conmigo en un revuelo de apuntes y sábanas siempre inédito y siempre repetido en cada noche y en cada madrugada. Han pasado los años... Ya tenemos arrugas y también alguna herida, han perdido su brillo las palabras que invocábamos como sortilegios, dejamos de fumar y nos vestimos de forma diferente, vigilamos la tensión y la espalda que duele a veces con cualquier esfuerzo. Media vida ha pasado e imaginamos que aún nos queda camino por recorrer, y que lo haremos juntos, cómplices y felices, porque el amor-revolución es esto: que cuando asalto el cielo de tu boca, sigo pensando en asaltar los cielos.
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Brujas
Queridas brujas que hicisteis de la escoba un instrumento para salir volando; sé que pagasteis con soledad y estigma el ansia de saber y de ser libres, porque ser libres es subvertir el orden que siempre ha controlado a las mujeres; cuántas renuncias, cuánto dolor el vuestro, cuántas mentiras en cuentos infantiles creaban esos seres monstruosos que las niñas no imitaríamos nunca... Vivíais solas, ¡qué horror! allí en el bosque, entregadas a oscuros maleficios y bailabais de noche con la luna y formabais horrendos aquelarres donde mostrar vuestro poder satánico (y además erais feas, ningún hombre podría amaros y vivir con vosotras...). Ay, pobres brujas, envés del hada buena, de la mujer discreta y adorable, el ángel del hogar, siempre callada, que quisieron fijarnos de modelo... Pero no ocurrió así; quizás miramos en la letra pequeña de los cuentos o nos sedujo el vuelo de la escoba -tantos deseos de volar teníamos...-. Nos volvimos por eso transgresoras, para ser libres, lo mismo que vosotras, y con vosotras levantamos el vuelo brujas queridas, amigas, compañeras.
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La hora violeta
Va cayendo la tarde y el cielo se ha vestido de colores: sobre el azul se cruzan amarillos con rojos y naranjas, hay destellos de luz entre los árboles, brillan los verdes con un aura mágica. Es la hora violeta, cuando sientes de nuevo la punzada de la duda, el hormigueo de la incertidumbre y la reminiscencia de algún dolor antiguo. En la garganta, un sabor agridulce de limón y canela, y en los ojos, un velo cristalino que no vela, que irisa cuanto miras. En la tarde violeta sacas tu mecedora. Y te sientas a hacer un ejercicio de memoria y le pones un nombre a los nombres que son también el tuyo: Hipatia, Olimpia, Mary, Flora, Rosa... las grandes derrotadas en el largo camino de la lucha por ser mujeres libres, por tomar la palabra, por decir y escribir lo que pensaban, Por gritar su derecho a equivocarse, por subvertir las reglas... Y te duermes cansada hasta que la mañana te despierta y luce la luz cálida y roja del crepúsculo; abres los ojos y abres la ventana y en la hora violeta que aparece de nuevo, ahora sientes que hay otra forma de nombrar el mundo, que sois muchas y estáis, aquí y ahora, librando la batalla, a pesar de las dudas y de la incertidumbre; que duelen muchas vidas, que hay muchos alientos que acompañan. En la aurora violeta pliegas tu mecedora, escuchas otras voces y sonríes y marchas junto a ellas, que te llaman para escribir la Historia con las horas violetas de tantas tardes y tantas mañanas de dolor, de fracasos y de sueños cultivadas con ardiente paciencia que brilla luminosa de esperanza.
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Poética II
Las palabras me dicen lo que pienso, dan forma a lo que siento, me sitúan en un lugar, me fijan en un tiempo, envuelven y penetran la experiencia, descubre emociones y secretos, revelan lo escondido, iluminan lo oscuro, bucean en el fondo y alumbran un poema que me dice quién soy y por qué escribo.
Análisis de coyuntura
Nos conocemos y nos descubrimos. Indagamos, buscamos y leemos nuestra historia, en las manos, en los ojos, en la piel... Separamos las palabras, les añadimos significados nuevos que iluminan recónditos lugares, que serenan el alma, que se expresan en sonrisas, en lágrimas, en quejas... Y, sin olvidar nunca el objetivo, captamos los mensajes en su tiempo, profundizamos nuestras emociones, les damos rienda suelta a las caricias, ponemos en su sitio cada beso. Tocamos con los dedos la utopía cuando dejamos que el amor se cumpla.
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Sierra Mágina
Es el canto de siempre y siempre nuevo. Hoy encuentra sus ecos por la sierra, detenido un momento en una nube, trepando en la pared de campanilla, aspirando un aroma de rosales. Suena el canto cuando sale la luna, en el verde laurel, la acequia clara, al sol del mediodía, por la tarde, en la noche coreada por los grillos y en la aurora violeta que sorprende. Es el canto de siempre y siempre nuevo, compuesto de silencios y de notas, de ritmo, de palabras y de rimas: el canto que está dentro de nosotros y al que hoy acompañan viento, cielo, árboles, luna flores, sierra y nubes.
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La caricia del tiempo
Me he puesto una camisa de mi madre que tenía guardada en el armario... He sentido en mi piel el tacto de esa tela sencilla, que mi madre compraría en la tienda del pueblo y, después, cortaría con pericia armada de tijeras y una regla, metiendo con cuidado, traspasada después de hilos y aguja, pespunteada a máquina y acabada con mimo, como fina labor en los ojales, con botones de nácar, dobladillos perfectos y simétricos, como todas las prendas que ponía en sus manos. Costurero en las tardes de mi infancia del que salían milagros... Me he puesto la camisa de mi madre, y he sentido su olor vivo en cada costura, su risa cantarina, la ternura y la magia de su abrazo.
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Veinticinco de noviembre
Sí, te duele y me duele el ojo amoratado, la furia de sus dedos, la mano ensangrentada, el cuerpo sin aliento, el silencio agresivo, la humillación cobarde, la indiferencia freía, el grito insoportable. Es un dolor de siglos que amenaza, que mata, que lastima, que deja el alma hecha jirones, que destruye los sueños, que destroza las almas. Y es el dolor de todas que me duele y te duele, que te duele y me duele.
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Mujeres en bata
A los pies de la cama o en una percha, pero siempre a mano la bata espera un cuerpo que le dé vida. Y empieza la jornada de esa mujer en bata que recoge su pelo, se cierra los botones, y ciñe un cinturón que acaba en lazo. La bata es un uniforme cada día y hay batas para todas las labores: el patio de macetas, la cocina, el comedor, la alcoba donde escoba y plumero sacan brillo y el suelo resplandece. También hay batas para los descansos cuando, al caer la tarde, las amigas se sientan a la puerta de la casa y se hacen confidencias y sacan del bolsillo una carta del hijo, los caramelos que guardan para el nieto, la cinta para hacer una diadema, el último regalo de la hija y el pañuelo que enjuga la lágrima furtiva. El ámbito doméstico vestido de flores, de lunares y puntillas, bolsillos donde guardan emociones y cuellos que sofocan algún grito, Una segunda piel en la que encuentran un destino tatuado que es herida y asombre... Y, a veces, imaginan otro mundo, aventuran preguntas y respuestas y sueñan unas alas clandestinas, enfundadas en batas de colores.
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Sororidad
Y tejieron su vida con la materia noble de los sueños: coger la pluma, expresar en letras lo que pensaban, sonreír al viento sin sentir vigilada su mirada, sin tener que dar cuenta de sus gestos y no pedir permiso para sentir y amar y andar caminos que las llevaran lejos. Plantaron con sus manos muchos árboles que cobijaban pájaros y cuentos y quitaron espinos y guijarros y sembraron violetas y saltaron las cercas, traspasando linderos. Las sentimos muy cerca cada vez que pedimos la paz y la palabra, sacan su mecedora en la hora violeta y cantan con nosotras y leemos sus versos
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Mujer al fin, adviertes cualquier día que estar cansada de no estar cansada de tender puentes, de sembrar semillas, de escuchar quejas y de enjugar lágrimas, de que tus ojos miren lo invisible, de tejer cuentos y enhebrar palabras. Mujer al fin, un buen día te atreves a levantar tus manos y tus alas, a calcular tus pasos y tu vuelo, porque tienes derecho a estar cansada.
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El sol de los pobres
Como dijo el poeta, llegaremos. De todos los lugares, nos citará la aurora y estaremos con nuestras voces claras, nuestras frentes erguidas, nuestros pasos acompasados a los del compañero, con la ardiente paciencia de los siglos... Y entraremos en ciudades espléndidas donde habrá leche y miel y tiempo sin relojes para bailar y amarnos cada día. Se desplegará un sol en el azul de la mañana clara y sabremos que es el sol de los pobres.
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Mujeres que abrazan la tierra
Juntémonos, amigas, compañeras, hermanas. Escuchemos la tierra, su grito de justicia: sintamos su calor quemando nuestras manos, su sed en la garganta, su polvo en nuestros ojos. Sentémonos en círculo, pongamos en el centro la pasión de Medea, la libertad de Antígona, Lisístrata y su huelga de sexo ante la guerra, la caja de Pandora que guarda la esperanza, las ninfas castigadas por caprichos de dioses, las brujas condenadas por levantar el vuelo, las mujeres que nunca tomaron la palabra. La vida es nuestra, amigas, compañeras, hermanas, nuestra es también la tierra, el vientre fecundado de árboles y pájaros, de praderas y ríos... y sentimos su llano, sometida al expolio de innobles mercaderes que afanan su riqueza. Devolvamos el verde a los bosques y campos, coronemos con blanco de nieve las montañas, soplemos todas juntas para limpiar el aire y que nuestra palabra penetre en los rincones donde la vida anida, para multiplicarla. Juntemos los latidos de nuestros corazones, para abrazar la tierra que nos cuida y cobija.
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La palabra poética
Esculpidas en piedra las palabras o grabadas a fuego, borradas en la arena por las olas, reveladas, tachadas, pregonadas, llevadas y traídas por el viento. Penetran el misterio, fulminan lo oscuro y despliegan la vida ante los ojos; palabras que son puente, escala, vínculo: la palabra poética.
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La poesía
Me basta con un verso -siete, nueve, once sílabas- un verso cadencioso con palabras que alumbren, con un ritmo perfecto y redondo en su forma. Me basta con un verso -siete, nueve, once sílabas- que corra por mi sangre, que enderece mi espalda y aligere mis pasos, que se meta en mi frente y tire del poema que se esconde en mi pecho.
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El poder de la palabra
No te acostumbres nunca al silencio que espanta, a los sobreentendidos, a la ironía amarga, a las medias verdades, a la sonrisa falsa. Tú estás hecha de sueños, de pasión, de esperanza, la mentira no puede envenenar tu alma. Cuando quieran vencerte, desplegarás tus alas, bailarás con la luna, dibujarás el alba y construirás el mundo tomando la palabra.
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Muerte en el mar
Cinco personas mueren cada día, anónimas, debajo de una cifra. Cada una es un nombre, tiene un rostro, unas manos que guardan otras huellas de las últimas manos que estrecharon, unos ojos donde vive un paisaje, congelado en una última lágrima, una boca que besa y unos brazos que acogen y que acunan, que levantan la vida en vilo, y un corazón que late. Cinco personas que mueren cada día, avistando una tierra de esperanza que ya no será suya, que fue un sueño... Han llegado a la muerte por el mar, por el frío que hiela hasta los huesos, por el viento que azota sus espaldas por los muros armados con cuchillas y por todas las puertas que les cierran. Cinco vidas truncadas que nos gritan desde el frío universo de los números.
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