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"Y hay una realidad que no cabe en los carteles electorales. La Acampada de Sol |
2026-10-18
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Festival de egos

Vivimos en un Estado de derecho donde la normalización del abuso y la especulación está permitida. Donde la indignación y el cabreo contra el abuso y la especulación; es reprimido, castigado, satanizado… Esto hace que los engranajes de la justicia, de la moral, de la ética, de la decencia, del derecho… chirríen fuertemente y pongan en cuestión al propio Estado de derecho menoscabando el sistema democrático.
Si quienes defienden y piden vivienda digna y accesible en Sol “son terroristas” ¿qué son quienes los satanizan de esta forma parapetados y blindados tras el aforamiento de un parlamento emanado del pueblo madrileño?
A muy corto plazo este país, es mucho lo que se juega en papeletas. Lo saben quiénes cogerán las papeletas para depositarlas en las urnas y quienes sus nombres están inscritos en ellas por obra y gracia de cuotas, egos, líderes…
Menos nombres propios, más derechos, más decencia, más dignidad. Tristemente, quienes tienen la responsabilidad de ofrecer respuestas parecen en esta previa (por el 10 de octubre pasado) estar más pendientes del foco que de los problemas que esperan solución. La precampaña se está convirtiendo entonces en un escaparate de siglas, reproches y protagonismos, mientras las propuestas quedan relegadas a un segundo plano.
Estas elecciones, sin embargo, desde el minuto cero, y en la parte del tablero progresista deberían ser algo más que un festival de egos. Es el momento de contrastar proyectos, exigir explicaciones y decidir qué prioridades han de orientar la acción pública. La ciudadanía merece saber no solo qué se promete, sino también cómo se financiará, en qué plazos se ejecutará y con qué mecanismos se rendirán cuentas.
Y hay una realidad que no cabe en los carteles electorales. La Acampada de Sol ha puesto en el centro del tablero nacional una impugnación colectiva de la política entendida como reparto de puestos y administración de expectativas. Más allá de sus formas, sus lemas o sus contradicciones, esa plaza recuerda que la democracia no se agota en votar cada cierto tiempo: también se construye cuando la ciudadanía se organiza, ocupa el espacio público, delibera y exige ser escuchada.
Ese impulso no pertenece solo a una fecha ni a una plaza. Está continuando, con lenguajes y organizaciones diversas, en las movilizaciones que se suceden por todo el país. Está en quienes reclaman una vivienda asequible y estable; en quienes se oponen a que un desahucio convierta la precariedad en expulsión; en las mareas que defienden una sanidad pública con medios suficientes y una enseñanza pública capaz de garantizar la igualdad de oportunidades.
También está en la demanda de salarios que permitan vivir, no únicamente sobrevivir, y de un empleo digno que no obligue a elegir entre encadenar contratos precarios o marcharse. Todas esas luchas comparten una misma pregunta que debería atravesar la campaña: ¿para qué sirve la política si no es para proteger derechos, corregir desigualdades y ofrecer seguridad material a la mayoría? A caso toda esta lucha de justicia ¿es “terrorista”?
Las candidaturas, especialmente las que se presentan como progresistas, no pueden limitarse a invocar esas movilizaciones cuando conviene ni a convertirlas en decorado de campaña. Han de escuchar sus reivindicaciones, traducirlas en compromisos verificables y explicar qué decisiones tomarán para hacerlas efectivas. La unidad que importa no es una fotografía entre dirigentes, sino la capacidad de acordar un programa que responda a quienes llevan años sosteniendo los servicios públicos y reclamando condiciones de vida justas. Un programa que sea ejecutado, un programa que, desde las urnas, expulsaría de la vida parlamentaria a quienes criminalizan a las personas que luchan en las plazas públicas y en las calles.
También corresponde a los votantes atravesar el ruido. Empaparse de los programas, comparar trayectorias, desconfiar de los mensajes fáciles y escuchar argumentos distintos son tareas menos vistosas que un mitin, pero mucho más útiles para la democracia. Votar no es entregar un cheque en blanco: es conceder una confianza que debe poder revisarse a la luz de los hechos.
En democracia el pluralismo no es una molestia que deba eliminarse, sino la condición que obliga a negociar, justificar y corregir. Cuando el adversario se presenta como enemigo y el desacuerdo como traición, pierde la conversación pública y ganan quienes viven de la confrontación permanente.
En democracia las papeletas determinarán derechos, prioridades y valores, pero no clausurarán la conversación que comenzó en las plazas y continúa en las calles, los barrios, los centros de salud, las aulas y los lugares de trabajo. Por eso, frente al ruido de los nombres propios, conviene devolver el protagonismo a las ideas, a las demandas sociales y a la responsabilidad compartida. Después de contar los votos, quedará lo verdaderamente importante: convertir la escucha en políticas y gobernar para todos, también para quienes eligieron otra opción.


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