![]() |
"La protección de las fronteras puede defenderse. Los derechos humanos, también. |
2026-08-28
![]()
Solidaridad selectiva

Ampliado a las 18:48:42
Ni aquí, ni allí. Que nadie olvide que el silencio tiene nombre y apellidos. Mientras transcurre casi un mes sin una sola plaza para los migrantes de Ceuta.
Ceuta lleva casi un mes viviendo un drama humano. Niños durmiendo al raso. Jóvenes cruzando a nado. Familias enteras huyendo del hambre, de la guerra, de la persecución y de la miseria. Y, mientras tanto, España demuestra que sabe movilizarse. Cuando quiere. Cuando le interesa. Cuando considera que la causa merece ocupar las plazas.
El próximo 2 de septiembre habrá concentraciones en numerosos ayuntamientos. Se hablará de Ceuta. De España. De la españolidad. De la defensa de la ciudad. Todo eso puede ser legítimo. Lo que resulta difícil de comprender es otra cosa. Durante casi un mes de crisis humanitaria, ¿dónde ha estado la convocatoria para defender a quienes han llegado huyendo de la desesperación? ¿Dónde las plazas llenas para reclamar protección para los menores? ¿Dónde las concentraciones para exigir vías legales de asilo? ¿Dónde la movilización para denunciar las condiciones en las que sobreviven? No ha habido una respuesta equivalente. Ni una. Y el silencio también habla.
Ante una solidaridad selectiva aquí, en el país de las Españas. Nadie cuestiona que Ceuta necesite seguridad. Nadie cuestiona que sus ciudadanos tengan derechos. Nadie cuestiona que el Estado deba protegerlos. Pero los derechos no pueden tener frontera. La dignidad tampoco. Si somos capaces de llenar cientos de plazas para defender una identidad, deberíamos ser capaces de llenar algunas para defender una vida. Aunque esa vida haya nacido lejos. Aunque tenga otro idioma. Aunque tenga otro color de piel. Aunque no tenga pasaporte europeo. Eso es el humanismo. No seleccionar al ser humano según su procedencia.
Ni aquí, ni allí. Que nadie pierda de vista el significado que recoge la RAE de la palabra invasión. Hay palabras que no son inocentes. Invasión es una de ellas. También avalancha. También amenaza. Cuando se utilizan para describir a personas desesperadas, algo cambia. Ya no vemos niños. Vemos enemigos. Ya no vemos familias. Vemos una amenaza. Ya no vemos seres humanos. Vemos cifras. Y ahí comienza el peligro. Porque deshumanizar al otro siempre ha sido el primer paso para justificar su rechazo.
La ultraderecha lo sabe. Y la ultraderecha del país de las Españas (PP y Vox) también han decidido utilizar ese lenguaje. No hablan solamente de inmigración. Hablan de invasión. No hablan solamente de fronteras. Hablan de amenaza. No hablan solamente de seguridad. Hablan de identidad. El miedo vende. Y electoralmente puede resultar rentable. Sobre todo, cuando se dirige contra quienes no pueden votar.
Ni aquí, ni allí. Que nadie obvie que el silencio también es una decisión. Una organización política demuestra sus prioridades por lo que hace. Pero también por lo que decide no hacer. Durante este mes hemos visto declaraciones. Hemos visto acusaciones. Hemos visto discursos. Hemos visto banderas. Pero no hemos visto una movilización comparable para defender los derechos de quienes están sufriendo. Ni una sola convocatoria masiva. Ni una sola gran plaza. Ni una campaña política equivalente.
Ese silencio tiene consecuencias. Porque cuando una fuerza política no convoca para proteger al vulnerable, está transmitiendo una prioridad. Y cuando, además, utiliza palabras como invasión, el mensaje resulta todavía más evidente.
No se trata de exigir que todo el mundo piense igual. Eso sería absurdo. La democracia necesita discrepancia. Necesita debate. Necesita incluso confrontación. Pero existe una línea. La que separa la discrepancia democrática de la deslegitimación absoluta del adversario. Y esa línea no debería cruzarse. Tampoco cuando se combate a la ultraderecha.
Ni aquí, ni allí. Que nadie entre al juego, ni insultos ni silencios. La crítica al PP y a Vox debe ser contundente, especialmente cuando sus discursos alimentan el miedo hacia personas vulnerables. Pero la contundencia no necesita insultos. Llamar a quienes piensan diferente “diabólico clan de ultras rancios” no mejora el debate. Lo empobrece.
La indignación puede ser legítima. El insulto no la hace más justa. Una sociedad democrática debe saber combatir las ideas que considera injustas sin convertir al adversario político en un ser moralmente inferior. Porque si denunciamos la deshumanización, no podemos practicarla contra quienes consideramos nuestros enemigos. La coherencia también forma parte de los derechos humanos.
Ni aquí, ni allí. Que nadie caiga en la trampa, no se trata de banderas. Aquí no está en juego solamente una bandera. Está en juego algo mucho más profundo. Nuestra conciencia colectiva. ¿Qué sociedad queremos? ¿Una sociedad que solo se moviliza cuando siente amenazada su identidad? ¿O una sociedad capaz de movilizarse también cuando un niño duerme en la calle? ¿Una sociedad que levanta muros? ¿O una sociedad que exige soluciones? ¿Una sociedad que convierte al extranjero en amenaza? ¿O una sociedad que ve primero a la persona?
La seguridad es un derecho. La dignidad también. La protección de las fronteras puede defenderse. Los derechos humanos, también. Una cosa no debería exigir la desaparición de la otra.
Ni aquí, ni allí. Que nadie deje de reconocer que el humanismo no tiene pasaporte. No hay humanismo selectivo. No existe una solidaridad que solo funcione hacia dentro. El humanismo no pregunta primero de dónde vienes. Pregunta qué necesitas. No mira primero tu pasaporte. Mira tu sufrimiento. No pregunta cuánto puedes aportar. Pregunta cuánto estás padeciendo.
Por eso resulta tan preocupante que, durante semanas de crisis, haya habido tanta capacidad para movilizarse en torno a una determinada identidad y tan poca para defender la dignidad de quienes llegan huyendo de la desesperación.
No es casualidad. Es una elección política. Y las elecciones políticas deben ser sometidas al juicio de la ciudadanía. También las omisiones. También los silencios.
Porque el silencio puede ser una postura. Puede ser una estrategia. Y puede terminar convirtiéndose en complicidad moral.
La historia juzgará a nuestra sociedad por muchas cosas. Pero quizá, sobre todo, por la manera en que trató a quienes menos podían defenderse. A los niños. A los perseguidos. A los hambrientos. A los que llegaron buscando una oportunidad. A los que no tenían nada.
Y entonces habrá una pregunta inevitable: ¿Dónde estaban quienes podían haber llenado una plaza para defenderlos?
Ese día, el silencio tendrá nombre y apellidos.


Para dar tú opinión tienes que estar registrado.