"El memorando de 14 puntos deja claro que es Irán quien establece las condiciones, y los mediadores y negociadores lo saben.

2026-07-26

Pepe Escobar

16 de julio de 2026

https://telegra.ph/How-Tehran-is-running-the-clock-07-16


            Comencemos por cuatro variables clave que intervienen en esta encrucijada cada vez más peligrosa.

            Uno. El Majlis —el Parlamento iraní— se reunió el martes por la noche, al inicio de la nueva era de Mojtaba, que comenzó el viernes pasado tras los ritos funerarios finales del asesinado ex Líder Supremo, el ayatolá Jamenei, en Mashhad. Los 290 miembros aprobaron por unanimidad dos resoluciones.

            La primera exige al gobierno —bajo el mandato del presidente Pezeshkian— que «acelere las capacidades nucleares». Esto puede interpretarse bien como un aumento del enriquecimiento de uranio o bien como algo mucho más trascendental.

            La segunda resolución rechaza cualquier (cursivas mías) acuerdo con Estados Unidos basado en los términos pactados anteriormente. En otras palabras: incluso si se renovara el memorando de entendimiento (MoU) —que fue anulado de facto por el presidente de Estados Unidos justo después de la cumbre de la OTAN en Ankara—, las condiciones serían mucho más duras para Estados Unidos.

            Dos. El canal Irán-Pakistán-Qatar.

            A principios de esta semana, Islamabad y Doha reanudaron intensas consultas —que incluso podrían calificarse de frenéticas— para intentar reabrir conversaciones directas con Teherán este próximo domingo.

            Se trata de una tarea titánica, ya que tendría que llevarse a cabo en marcado contraste con los intensos bombardeos estadounidenses contra objetivos iraníes —incluida infraestructura civil— y con la consigna coreada por millones de personas en las calles de Irán la semana pasada: «Venganza».

            No obstante, la diplomacia es real. Sin embargo, los mediadores han rebajado su objetivo: de ser una «vía hacia un acuerdo» ha pasado a ser una «prevención de una catástrofe».

            Tres. El canal extraoficial Trump-Munir.

            Los mediadores presentes en los lamentables restos de la mesa de negociación confirman que Trump sigue llamando directamente al mariscal de campo paquistaní Asim Munir, presionándolo para que encuentre una salida airosa(1) que evite una humillación personal.

            Esto invalida por completo las estridentes declaraciones del presidente de EE. UU. —que siempre acaparan la atención mediática— afirmando que Irán suplica llegar a un acuerdo. La realidad es exactamente la contraria. Por cierto, Munir representa para Trump la última oportunidad de encontrar una vía de salida.

            Cuatro. La respuesta militar iraní al bombardeo estadounidense.

            Esto incluye, fundamentalmente, el uso de municiones de racimo de precisión que devastaron bases estadounidenses en Kuwait, Baréin y Jordania.

            La inmensa mayoría de los daños reales no se está comunicando públicamente. Desde la base aérea de Al Udeid en Catar hasta el centro de mando y control en Jordania; pasando por la destrucción de sistemas de misiles Patriot en Kuwait y la base aérea de Al Dhafra en los Emiratos Árabes Unidos; hasta la aniquilación de hangares de drones MQ-9, lanzadores HIMARS y depósitos de municiones, así como la destrucción total de plataformas de reabastecimiento en el puerto de Duqm, en Omán.

            Este último golpe fue contundente: Duqm se encuentra en la costa del mar Arábigo, fuera del estrecho de Ormuz. Es allí donde los buques estadounidenses atracan sin entrar en el golfo Pérsico para repostar y recibir servicios de reparación y abastecimiento; se trata de un nodo clave de la retaguardia operativa de la flota estadounidense desplegada en el norte del océano Índico.


            ¿Dónde está Mojtaba Jamenei?

            Una vez más: aunque existiera una vía hacia un memorando de entendimiento (MoU) 2.0, en la primera reunión Teherán dejaría algo muy claro: Washington debe implementar el párrafo 1 del memorando (sobre el fin de todas las guerras). Sin eso, no habrá conversaciones. Mientras tanto, con o sin un «bloqueo 2.0» de Trump, Teherán mantendrá el estrecho de Ormuz bajo fuertes restricciones: el tránsito solo es posible a través de los canales de la Armada del CGRI (Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica) frente a la isla de Larak.

            Ahora, el enigma de Mojtaba.

            La arquitectura de seguridad de Asia Occidental no solo ha cambiado; se ha fracturado y reconfigurado. Los términos de esta reconfiguración los dicta Teherán, que además ostenta la superioridad en la escalada de tensiones en todo el Golfo Pérsico.

            El memorando de 14 puntos deja claro que es Irán quien establece las condiciones, y los mediadores y negociadores lo saben. Se esfuerzan frenéticamente por mantener vivo aunque sea un precario canal de comunicación indirecta.

            El nuevo Líder, Mojtaba Jamenei, goza de un consenso nacional abrumador. Desde el viernes pasado, como Líder de una nueva era, gobierna de facto mediante directrices escritas.

            Un miembro influyente del Majlis (Parlamento), Mahmoud Nabavian, ya ha leído algunas de las cartas internas de Mojtaba en la televisión estatal iraní; en ellas, se opone a cualquier concesión nuclear, exige una indemnización por parte de EE. UU. e insiste en que Irán tenga el control exclusivo del estrecho de Ormuz.

            Simplemente, no se obligará a Irán a volver a la mesa de negociaciones, independientemente de los argumentos que esgriman los mediadores o los observadores externos que opinan desde la distancia. Durante seis días, los cánticos generalizados de los dolientes —desde Teherán y Qom hasta Mashhad, día y noche— clamaban por «venganza». Y Mojtaba reiteró ese mismo punto en su declaración escrita.

            La narrativa religiosa y estratégica que define la nueva era de la República Islámica de Irán integra profundamente la muerte del ayatolá Jamenei en el relato fundacional de la identidad política chií, transformando —mediante una suerte de metástasis simbólica— un asesinato cometido por una potencia extranjera en un acto sagrado de sacrificio.

            Y aquí, la «venganza» adquiere una connotación trascendental. Mojtaba no ha presentado la «venganza» como una elección política o una cuestión de política de Estado; la ha definido como la voluntad de la nación y, sobre todo, como una misión divina y atemporal.

            Así pues, será la Historia la que decida cuándo se consuma la «venganza». Mojtaba planteó que esta no depende de él personalmente, ni de ningún organismo o funcionario estatal: serán las «personas libres de todo el mundo» quienes lleven a cabo, cada una, una parte de esta misión sagrada.

            Como declaración de teología política en la era posmoderna, esto es algo único en su género.


            Narciso ahogándose en su propia narrativa manipulada

            Mientras tanto, la vía de negociación de Ghalibaf y Araghchi y la vía de mando y control militar del CGRI (bajo Vahidi) seguirán coexistiendo dentro del gobierno encabezado por el presidente Pezeshkian. De hecho, se trata de dos vectores de un mismo proceso. Toda la narrativa sobre «fracturas» internas es —cómo no— una maniobra de manipulación estadounidense.

            Hablemos ahora de los artífices de esta manipulación. Es bien sabido que el eje sionista Washington-Nueva York-Tel Aviv se esfuerza al máximo por mantener a Estados Unidos anclado en un modo de Totaler Krieg («Guerra Total»).

            Así es como cada movimiento de Teherán —siempre de carácter defensivo— se presenta como un casus belli. Y una vía de salida, como el Memorando de Entendimiento (MoU), se desacredita tachándola de «apaciguamiento». La mentalidad de Totaler Krieg garantiza una escalada perpetua. Y, al mismo tiempo, ofrece a Teherán la justificación para cualquier respuesta, ya sea el cierre del estrecho de Ormuz o la posibilidad de retirarse del TNP (Tratado de No Proliferación Nuclear). Esto, a su vez, refuerza a los halcones sionistas para presionar a favor de —cómo no— más guerra.

            Esta máquina infernal, un ciclo que se retroalimenta y atrapa a sus propios actores, acaba beneficiando a Irán, ya que a este país le basta con que el ciclo continúe. Cada giro de los acontecimientos transforma los métodos de devastación imperial estadounidense en una mayor legitimidad para Irán, tanto a nivel interno como en gran parte del Sur Global.

            Trump se encuentra en una situación crítica —propia de un Narciso que se ahoga—, enfrentándose a una serie de imperativos intolerables: el cierre del estrecho de Ormuz, que provocaría una subida inevitable de los precios del petróleo justo cuando las Reservas Estratégicas de Petróleo (SPR) alcanzan la alerta roja; y la posible retirada de Irán del TNP.

            Es importante recordar que el plazo de 60 días del Memorando de Entendimiento expira a mediados de agosto, dentro de apenas un mes. Para entonces debe haberse alcanzado un acuerdo definitivo; de lo contrario, todo el marco de negociación perderá su vigencia.

            Una vez más, que quede claro: para Teherán, el memorando de entendimiento original de 14 puntos es la única opción válida. No habrá (las cursivas son mías) renegociación alguna; solo la implementación de la secuencia establecida en dicho documento. Teherán debe dejar esto meridianamente claro, ya que los estadounidenses siguen sin entenderlo. Teherán ya ha ganado la batalla clave del conflicto: la del estrecho de Ormuz. El asunto nunca giró en torno al expediente nuclear. Washington tendrá que aceptar esta realidad.

            Pues bien, eso parece casi imposible. Los escenarios futuros son sombríos.

            Una «desescalada controlada» se antoja ahora como un espejismo en el desierto.

            Lo mismo cabe decir de un estancamiento prolongado: conversaciones que continúan sin llegar a un acuerdo, incidentes esporádicos con petroleros y un tráfico marítimo reducido a entre un tercio y una quinta parte de los niveles anteriores al conflicto.

            Tal como están las cosas, todos los indicios apuntan más bien a una escalada vertical: el cierre total de Ormuz, una oleada de ataques estadounidenses inminentes y contundentes, y una respuesta de Irán consistente en retirarse del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP).

            A efectos prácticos, Trump no está negociando con Irán; está intentando desesperadamente revertir una derrota estratégica monumental.

            El «alto el fuego» no fue más que una pausa para recuperar la capacidad de presión perdida. Trump buscaba la rendición, la capitulación total, un cambio de régimen y convertir a Irán en una neocolonia. Lo que obtuvo fue un memorando de entendimiento que no comprende —y que tal vez ni siquiera haya leído, a pesar de haberlo firmado con gran pompa en Versalles—. Ni siquiera entiende que el documento que firmó no reparte la toma de decisiones sobre el estrecho de Ormuz entre Irán y Omán, sino que la otorga exclusivamente a Irán.

            Por eso intenta reescribir lo que firmó sin admitirlo: desplegando una escalada de tensión, ejerciendo una coerción agresiva disfrazada de diplomacia, obligando a Teherán a renunciar a sus bazas negociadoras y comportándose de forma totalmente irracional al amenazar con atacar, la próxima semana, todas las centrales eléctricas, puentes e instalaciones energéticas de Irán.

            Técnicamente, Irán cumplió con todos los términos del memorando de entendimiento que firmó. Fue Estados Unidos —y estos son solo algunos ejemplos— quien se negó a liberar los activos iraníes congelados, impuso nuevas sanciones (una violación directa del Artículo 9), anuló las exenciones a las sanciones petroleras (una violación directa del Artículo 10) y reanudó la guerra (una violación directa del Artículo 1).

            Con el tiempo, la historia considerará esto como un caso de estudio sobre cómo gestionar los tiempos de un conflicto bélico. Teherán se contiene deliberadamente frente a Washington porque el tiempo —y los mercados petroleros— juegan a su favor. La Reserva Estratégica de Petróleo (SPR) se agotará en menos de un mes, y la capacidad de presión de Irán en el estrecho de Ormuz es absoluta.

            Solo un Estado-civilización, habituado a lidiar con todo tipo de variables históricas, es capaz de jugar una partida a mucho más largo plazo que una brutal maquinaria imperial, preservando su capacidad de fuego esencial mientras agota lo que queda del colchón estratégico imperial.

 

Notas

(1)https://www.youtube.com/watch?v=txnxsgd1RsI&t=350s


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