"A juicio de sus defensores, nunca podría reducirse a un discurso cerrado, rígido, dogmático o limitado, centrado exclusivamente en la conciencia racial.

2026-07-12

Daniele Perra

7 de julio de 2026

https://strategic-culture.su/news/2026/07/07/quale-futuro-per-il-panafricanismo/


            Históricamente, el panafricanismo ha sido tanto una ideología como una práctica. A juicio de sus defensores, nunca podría reducirse a un discurso cerrado, rígido, dogmático o limitado, centrado exclusivamente en la conciencia racial. Tras el fallecimiento de sus líderes carismáticos —desde Nkrumah hasta Sankara, e incluso Gadafi—, ¿puede aún servir para arrojar luz sobre la identidad africana contemporánea?

            El término «panafricanismo» fue acuñado por primera vez en 1900 por Henry Sylvester Williams, abogado y activista de Trinidad y Tobago. No obstante, algunos sostienen que sus orígenes se remontan a 1787, vinculándolo con las primeras manifestaciones de rechazo a la trata de esclavos en África Occidental, concretamente en la actual Sierra Leona. Otros consideran que el término podría datar de una época aún anterior, el siglo XV, coincidiendo con el inicio de la exploración oceánica europea y el consiguiente auge del colonialismo. Desde esta perspectiva, el panafricanismo puede entenderse, desde sus inicios, como el resultado de la experiencia compartida de opresión y explotación entre los pueblos africanos. De hecho, antes del siglo XV, la raza no constituía un criterio central para la categorización de los seres humanos; no existía una discriminación u opresión propiamente racial. Cualquier persona —independientemente del color de su piel— podía ser esclava o dueña de esclavos. Existen numerosos ejemplos de jóvenes europeos que fueron secuestrados y terminaron como eunucos en las cortes musulmanas de España.

            Sin embargo, el descubrimiento de América generó una necesidad imperiosa de mano de obra forzosa. En otras palabras, hizo necesaria la cosificación de las categorías humanas, algo que pudiera reflejar la nueva realidad social y las dinámicas de poder. En este contexto, cabe recordar que todos los «Padres Fundadores» de Estados Unidos eran esclavistas.

            Así, el panafricanismo surgió principalmente como respuesta a la institucionalización del racismo y la esclavitud. Su objetivo fundamental era devolver a África su capacidad de agencia y cuestionar los fundamentos intelectuales de la historia colonial.

            Williams fue el impulsor de la primera Conferencia Panafricana celebrada en 1900, mientras que el sociólogo estadounidense W.E.B. Du Bois encabezó el primer Congreso Panafricano celebrado en París en 1919. Este último es considerado también el "padre del nacionalismo africano". Los congresos posteriores tuvieron lugar en Londres (1921 y 1923), Nueva York (1927), Manchester (1945), Dar es-Salam (1974) y Kampala (1994). El tema central se mantuvo prácticamente invariable: la liberación de los pueblos africanos del colonialismo y el neocolonialismo (o de las formas imperialistas de dominación), junto con el derecho a la autodeterminación y a un gobierno independiente. Como sugieren las sedes de estos diversos congresos, la historia del panafricanismo puede dividirse en dos fases: una fase "occidental" y otra puramente "africana". La primera fase comprende tres movimientos distintos: la Négritude (Negritud), el etiopismo y el Renacimiento de Harlem. Todos ellos están vinculados al concepto de un renacimiento de la identidad negra. Un papel fundamental corresponde al pensador Aimé Césaire, quien interpretó el panafricanismo como una especie de respuesta espiritual al racionalismo cartesiano de la modernidad europea. Césaire acuñó el término Négritude, utilizándolo ya desde mediados de la década de 1930. El concepto aspiraba a reivindicar la existencia negra y la identidad africana; suponía una rebelión contra la denigración persistente de las personas negras, a quienes se tachaba de carecer de esencia o ser. En esencia, la Négritude pretendía servir de brújula para una identidad africana universal, manteniéndose firme, ante todo, frente a los intentos coloniales de explotar la estrategia de "divide et impera". En este sentido, la reconstrucción de la identidad negra fue el primer paso en la lucha anticolonial, de mayor complejidad.

            El concepto de etiopismo surgió de una reinterpretación de la Biblia, concretamente del Salmo 68:31: «Vendrán príncipes de Egipto; Etiopía se apresurará a extender sus manos hacia Dios». Este fenómeno se remonta a finales del siglo XIX y hunde sus raíces en el mesianismo político y en el cristianismo profético etíope. Sin embargo, alcanzó su verdadero auge en el siglo XX, impulsado en parte por el surgimiento de numerosas sectas afines (como los rastafaris).

            En efecto, el etiopismo ofrecía una perspectiva cristiana a las personas negras que deseaban seguir profesando su fe, a pesar de la multitud de predicadores norteamericanos que —citando las Escrituras— defendían la esclavitud o afirmaban la inferioridad racial.

            Durante la era fascista, el ataque italiano a Etiopía fue interpretado por los defensores de este movimiento como una agresión contra la patria madre de todos los africanos —sin distinción alguna—, sobre todo porque Etiopía era una de las pocas naciones independientes del continente.

            El Renacimiento de Harlem (principios del siglo XX) fue el movimiento que también inspiró a Césaire. Su mentor intelectual fue Alain Locke, quien rechazaba la idea de que los elementos de la cultura africana —desde el arte y la música hasta la literatura— fueran inferiores o sinónimos de degradación. Por el contrario, su objetivo era devolver la dignidad literaria a la población negra. En conjunto, el Renacimiento de Harlem representó una forma de conciencia diaspórica capaz de abarcar toda la región que se extiende desde el Nilo hasta el Congo: los dos ríos que mejor simbolizan la «geografía negra».

            Asimismo, en relación con la «diáspora africana», el ya mencionado Du Bois observó cómo sus miembros percibían el continente africano como una entidad unificada, precisamente porque no podían determinar con exactitud sus raíces ancestrales específicas. África era objeto de una visión idealizada y romántica; funcionaba como un espacio geográfico subjetivo que representaba una unidad metafísica y una identidad colectiva.

            La dimensión «africana» del panafricanismo está intrínsecamente ligada al proceso de descolonización. Aquí examinamos las ideas de dos figuras clave que desempeñaron un papel protagonista en este fenómeno dentro de contextos históricos y geográficos distintos: Kwame Nkrumah y Thomas Sankara.

            A pesar de las diferencias temporales, ambos consideraban el panafricanismo como una herramienta para combatir el neocolonialismo —que Sankara no distinguía del imperialismo— y como un medio esencial para mantener a África al margen de las rivalidades entre los bloques de la Guerra Fría. El objetivo era también evitar que se repitieran situaciones como la del Congo, concretamente el asesinato de Patrice Lumumba, a quien se había acusado de ser «cercano» a la Unión Soviética.

            Nkrumah, el primer presidente de la independiente Costa de Oro (más tarde rebautizada como Ghana), consideraba el panafricanismo como la solución a la creciente inestabilidad política del continente, una inestabilidad que atribuía a nuevas formas de explotación colonial. Al estar divididas, las naciones africanas carecían de la fuerza necesaria para combatir el neocolonialismo (término que él mismo acuñó). Nkrumah escribió dos obras fundamentales: Africa Must Unite (1963) y Neo-Colonialism, the Last Stage of Imperialism (1965). En 1963, organizó una conferencia en Adís Abeba que condujo a la creación de la Organización para la Unidad Africana. Allí, buscó demostrar claramente que la independencia no había alterado fundamentalmente las relaciones coloniales. De hecho, dichas relaciones se mantenían mediante nuevos mecanismos —como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional— que utilizaban la ayuda a las naciones en desarrollo para crear un círculo vicioso que, en última instancia, favorecía a las potencias neocoloniales. Además, Nkrumah se ganó la hostilidad de Washington debido a su participación activa en el Movimiento de Países No Alineados y a su afirmación de que las agencias estadounidenses que operaban en el extranjero servían meramente como vehículos de penetración y de proyección de influencia e inteligencia. Es probable que este factor contribuyera a su derrocamiento mediante un golpe de Estado mientras visitaba China en 1966.

            El legado perdurable de Nkrumah sigue siendo su visión de una África unida que actúe como potencia tanto política como económica. La unidad africana debía desarrollarse en los ámbitos político y geopolítico, lo que requería un sistema de defensa común y una política exterior unificada.

            El legado perdurable de Nkrumah sigue siendo su visión de una África unida que actuara como potencia tanto política como económica. La unidad africana debía desarrollarse en los ámbitos político y geopolítico; requería un sistema de defensa común y una política exterior unificada.

            Sankara gobernó en una época en la que el Movimiento de Países No Alineados había perdido claramente impulso. Sin embargo, su postura era mucho más "revolucionaria" que la de Nkrumah, en parte debido a su formación militar y a la notable influencia de las ideas marxistas. Basándose en las teorías de Frantz Fanon y del presidente senegalés Léopold Senghor (autor de un libro sobre la estética "negro-africana" que exaltaba el espíritu y la sensibilidad de los pueblos negros), Sankara puso de relieve cómo la "burguesía africana" defendía agresivamente posiciones anteriormente ocupadas por extranjeros con el fin de enriquecerse. Además, para conservar el poder, se vendían literalmente a las potencias neocoloniales, que los explotaban para sus propios fines.

            Al igual que Nkrumah, Sankara también cambió el nombre de su país: de República del Alto Volta a Burkina Faso ("Tierra de los hombres íntegros"). A su juicio, el neocolonialismo debía combatirse en dos frentes: 1) la lucha de clases contra la burguesía opresora que servía a intereses extranjeros (el enemigo interno); y 2) la lucha contra el imperialismo (el enemigo externo) y, concretamente en el caso de Burkina Faso, contra el sistema de "trampa" que Francia utilizaba para mantener el control sobre África Occidental.

            Sankara abogó por la autosuficiencia de su país (una forma de autarquía económica) y la de todo el continente. Fue asesinado poco después de pronunciar un discurso ante la Organización para la Unidad Africana, en el que instó a los Estados africanos a negarse a pagar sus deudas con Europa; deudas que él consideraba una soga que se apretaba alrededor del cuello de las naciones africanas.

            Corrió una suerte similar a la del coronel Gadafi quien, a pesar de haber sido marginado por las naciones árabes, fue el último líder en defender —a gran escala— el concepto de una unión africana que actuara como una potencia geopolítica autónoma. No es casualidad que el propio Sankara mantuviera un contacto duradero con el líder libio.

            En conclusión, el panafricanismo posee una historia increíblemente compleja, definida en gran medida por intentos que chocaron con la realidad y por visiones divergentes: por ejemplo, la división entre quienes favorecían una unión puramente económica y quienes abogaban por una unificación política que trascendiera los intereses nacionalistas mezquinos. Hoy en día, el panafricanismo debe operar dentro de un marco multipolar y antihegemónico. En consecuencia, debe aspirar a orientar el sistema global hacia un modelo policéntrico. A este respecto, cabe considerar diversos experimentos de integración regional —como el que se está desarrollando actualmente entre los Estados del Sahel (que, como era de esperar, sufren constantes ataques por parte de los «esbirros» de Occidente)—, así como las ideas propuestas por nuevas voces panafricanistas. Entre los ejemplos notables figuran Kemi Seba, de Benín (una figura no exenta de contradicciones evidentes), y los defensores de reactivar el proyecto de los «Estados Unidos de África». Por último, es preciso reconocer los intentos de diversos sectores por sofocar u ocultar la renovada determinación de África de recuperar su dignidad política frente a lo que bien puede describirse como una nueva forma encubierta de trata de esclavos.


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