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"La vida es un rato y cuando te quieres dar cuenta, te ha ganado el pulso. |
2026-07-26
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La vela

Hay una leyenda según la cual, unos monjes llevan elaborando velas desde hace años con los mismos materiales, y la misma técnica, y estas velas, que antes tardaban 24 horas en consumirse, han pasado a tener una vida de 16 horas. Conocer esta leyenda confirmó mi sospecha de que nos están robando el tiempo. Lo que no sé es quién, y eso es lo que menos me inquieta. Me preocupa más saber por qué. O para qué.
Porque el muy cabrón o cabrona —sea quien sea— no ratea horas cuando estoy en la oficina, no, o cuando estoy haciendo limpieza, ahí no emplea la tijera. Recorta cuando llega un viernes, y cuando me quiero dar cuenta, es domingo y tengo que cambiar la alarma para despertarme el lunes. Debe ser el mismo que, en menos que canta un gallo, ha convertido a mi pequeño en un hombre y a mí en una señora, como lo oyes. Claro, pensarás, que a ti te pasa lo mismo, que a fin de cuentas es la vida, que para lo que quiere tiene la mecha muy corta, y cuando queremos darnos cuenta, el cabo está quemado y la cera derretida.
Me miro en el espejo. A mi edad mi abuela parecía una anciana. A mi edad, Jesucristo ya llevaba frito casi veinte años, a mi edad, decía: por más que un lado del jamón esté en los huesos, por el otro sigue siendo chicha, y no quisiera estar pensando que lo que me queda es menos de lo que he vivido, pero la realidad es así. Supongo que es por eso que he cogido manía a los relojes (hace años que no llevo uno), a los almanaques, a los fichajes, a todo lo que me recuerda, que hay una guillotina esperando en la esquina para decapitar el tiempo y con él, todo lo que dejaremos de hacer cuando el corte sea letal y definitivo.
Me vuelvo a mirar en el espejo, y por más que el paso y el peso de los años hayan modificado mi arquitectura, hay una niña que se resiste al cambio distraída en correr con las manos abiertas sobre un campo de amapolas. Esa niña que se queda ensimismada y en silencio ante la belleza de lo natural: el discurrir del agua de un río, la araña tejiendo sobre una rama, una mariquita paseando por la palma de su mano, el hipnótico movimiento de las olas desde la orilla o pisar los charcos divertida sin preocuparse en las manchas que dejará el barro en el bajo de los pantalones. Esa niña ya no tiene miedo a su sombra, porque quizá sea la única que no le haga nunca daño.
Crecer implica más pérdidas que ganancias, y cuando somos conscientes de ello, es cuando iniciamos el camino sin retorno de volver a perder el miedo, la vergüenza, la prisa, como si esa acción de desaprender lo aprendido nos trasladara a la infancia. De hecho, vuelven los más ancianos, cuando necesitan que se les cambie el pañal, que se les acerque la cuchara del puré a la boca, o que se les repitan las cosas para que las entiendan. ¡Qué jodido es dejar de ser hijos para convertirse en padres de sus propios padres!
La vida es un rato y cuando te quieres dar cuenta, te ha ganado el pulso. Vive mientras la vela siga encendida, porque alguien te está robando el tiempo descaradamente.


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