"A nadie le dan a elegir entre ser clavo o tornillo.

2026-08-09

Deru kugi wa utareru

La traducción del dicho japonés que da nombre a esta columna es esta: el clavo que sobresale se lleva el martillazo, así tal cual, sin la sutileza y la ternura que se le presupone a la cultura japonesa, porque no todo van a ser haikus deliciosos sobre la incontestable belleza de la sakura.

No sabía yo de esta expresión hasta que la soltó mi hermano en casa hace unos días, en japonés de Vallecas, a cuenta de los buenos consejos que un tío ha de dar a su sobrino mayor, que da la casualidad de que es mi hijo.

Su sobrino mayor es de esas personas que, por su carácter, llama la atención, aunque no quiera, no sé a quién habrá salido. Dicen que a la madre que lo parió y puede ser que sea verdad. Pero no es eso lo relevante. Si no el hecho de que comulgo al cien por cien con esa expresión y doy fe (y eso que fe no me sobra) de que el martillazo siempre me sobrevuela, desde que me recuerdo. Esa expresión y su significado me llevaron a otra más castiza: ¿qué culpa tiene el tomate de haber nacido en la mata? Pues ninguna, ya te lo digo yo.

Lo que sucede cuando por la forma de ser, de comportarse, de pensar o de expresarse, se sale uno de la norma, es que se convierte en clavo, aunque no quiera, y el clavo se acostumbra al martillo como el perro al collar.

¿Cómo le dices a alguien que no llame la atención cuando su naturaleza conlleva esa cualidad inherente, disruptiva, divergente, llámalo equis, de resultar diferente a la mayoría? No lo sé, pero las opciones que se me ocurren no me gustan: adoctrinamiento, sumisión, fingimiento, castración, falsedad. La contención puede hacer las veces de máscara, pero la cabra —que no oveja— acaba tirando al monte. Y tampoco hay necesidad de aparentar lo que no se es.

Lo que no sabe el martillo es que por más que machaque el clavo, este se regenera, esa es su naturaleza, aunque no sea inmune a los golpes y cada uno de ellos deje una huella que los demás no perciben.

A nadie le dan a elegir entre ser clavo o tornillo. El tornillo acaba encajando girando sobre sí mismo, pasa desapercibido casi hundido en la superficie a la que queda anclado. Como cuando pase esta marabunta de verano de fuegos infernales y me oville en el sofá reparándome para abrazar el otoño con todas las ganas que le tengo. Queda un rato largo, lo sé. Pero solo imaginar ese momento hace más llevadera esta soflama de áticos de compra y venta, migrantes como pollos sin cabeza deambulando por las calles de Ceuta, el combustible por las nubes, y los ánimos por los suelos. Porque antes de que un clavo saque otro clavo, viene Thor repartiendo a mazazo limpio el martillazo que te hunde o el que te hace más fuerte.

Mi hermano da consejos a su sobrino mayor, que es mi hijo, y mi hijo que es su sobrino mayor se los pasa por su insolente arco de la adolescencia, porque uno vende los consejos que para sí mismo no tiene, y otro habrá de aprender cómo se aprende todo, equivocándose mil veces. Pero los dos tienen suerte de tenerse. Aunque no se entiendan.


 

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