"El milagro no es ser madre, sino sobrevivir, pese a todo,  y no morir en el intento.

2026-05-03

Madres

Si hay un personaje difícil de encarnar en esta vida, es el de una madre. Nuestra propia arquitectura es la obra de arte más inexplicable y hermosa, y que sea una capacidad propia, ancestral y única de las mujeres, no debería haber convertido a lo largo de la historia algo tan extraordinario en un asunto menor.

Ser madre es un trabajo sin remuneración, sin vacaciones, sin descanso, a jornada completa y de carácter vitalicio.  Desde el momento en el que nos convertimos en vivero hay un desgaste y una entrega de la que apenas se habla.

No solo es la trasformación que experimenta nuestro cuerpo a medida que se va fraguando otra vida en nuestro interior, sino el modo en el que afecta a nuestra mente y a nuestras emociones ese proceso, sin retorno.

En condiciones normales es un asunto tan complejo que no es posible siquiera imaginarlo cuando no se ha vivido. Nuestra función reproductiva es inherente a nuestra naturaleza y eso hace que parezca que está desprovista de dramatismo, pero ese lado también existe. Somos diosas, sí, no se entiende de otro modo la muerte que lleva implícita la resurrección que sucede al alumbramiento, pero nadie nos contó que ese poder también tiene efectos secundarios: estar en estado de alerta permanente por nuestros hijos, hacer nuestras sus preocupaciones, y revivir a través de ellos temores dormidos. El sentido de la vida tiene un precio incalculable y, sin embargo, proporcional al del abrazo de un hijo; eso también es verdad.

Los primeros meses echamos en falta que alguien nos diga “lo estás haciendo bien” no tanto por sentirnos validadas como por atenuar el peso del juicio constante. Cada etapa lleva consigo un temor al que hemos de añadir: el de no tener la certeza de que estamos haciéndolo lo mejor posible y todo es susceptible de originar una opinión no solicitada que recibes en forma de proyectil contra tu autoestima.  

Mi admiración a las que trabajan dentro y fuera de casa, a las que sacrificaron sus sueños por la crianza, a las que han podido hacer las dos cosas, a las que alguna vez pensaron que, de haberlo sabido, habrían elegido no tener hijos. A las que tienen una vida complicada, a las que criaron solas, a las que parieron hijos difíciles, a las que, aun así, repitieron, y a las que se hacen invisibles cuando no se las necesita. A todas ellas, y a la mía, os celebro hoy y cada día.

El milagro no es ser madre, sino sobrevivir, pese a todo,  y no morir en el intento.


 

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