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"Creo que es un pensamiento, y si no lo es, se parece mucho. |
2026-04-19
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Mala hierba

Ladeando un pequeño tiesto para regar la planta que lo habita, he descubierto una enorme flor anaranjada. Me ha sorprendido y me ha alegrado tanto su descubrimiento que de haber podido ver mi propia expresión en ese momento a buen seguro habría sido una mueca de sonrisa parecida a la de un niño ante cualquier cotidianeidad que le resulta fascinante, aunque sea abrir un huevo de chocolate esperando descubrir la miniatura que se esconde en su interior.
Estaba al otro lado, pendiendo desde el borde de latón del mini macetero que cuelga de la reja, cara al sol, y con su sonrisa puesta, como si fuera Vito Quiles, pero no. Esa flor no era un exabrupto, ni una amenaza, ni una acosadora aterciopelada haciendo guardia al otro lado de la ventana de mi terraza.
Creo que es un pensamiento, y si no lo es, se parece mucho. Un pensamiento que ha generado otros, desde luego, como que empieza a florecer desde la tierra dormida, algo que morirá antes de lo que imagino. Tienen las flores, esa mezcla de furia y calma, de belleza y muerte. Aunque solo yo le encuentre un sentido cargado de simbología y un significado —tan espiritual e íntimo— que sería una osadía compartir. Puedo ser muy alocada para algunas cosas, pero en ningún caso, temeraria.
Me ha hecho el día la flor. Al rato, me he venido arriba y le he escrito a un capullo, porque escribir tiene algo de terapia, y me he despachado a gusto enumerando todo lo que hace que alguien me guste. Y como es listo, porque lo es, habrá entendido por qué no me siento cómoda cada vez que hablamos y tengo que hacer un esfuerzo por no mandarle a freír monas.
Al pollo le ha debido sentar como una patada en los huevos no reconocerse en una sola cualidad de las que despiertan mi interés en alguien y supongo que a su ego le habrá sentado mucho peor: no es que la perla (Rosalía, te amo) fuera un esperpento, que no lo es, pero sí es de ese tipo de gente que presume de su narcisismo como si fuera una virtud. Es posible que yo arrastre la humildad malentendida de no reconocerme en mi valía por pudor, porque siento innecesario pasearse por la vida contando por ahí lo guay que eres, los logros que has alcanzado, lo bueno que estás, el éxito que tienes con las mujeres, con los hombres y hasta con los perros que te vas cruzando por la calle, moviendo a tu paso la cola, de la alegría que les produce tu presencia.
En esas personas que se sienten el ombligo del mundo ocupan tanto espacio sus egos que no dejan lugar para eso que sí me gusta: el humor, la sutileza, la humildad, el coraje, la sabiduría, la naturalidad, la honestidad o la autenticidad. Y me gusta descubrirlas a medida que se van construyendo las relaciones, sin que la otra persona tenga que invertir su tiempo y su energía en explicarme todo lo que cree que es. Atravesar la barrera de los cincuenta tiene de maravilloso que ya no te tiembla el pulso al arrancar de cuajo la mala hierba antes de que crezca demasiado y elegir quedarse mirando un pensamiento que atrae a otros.


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