"Somos fábricas de vida y de leche, productoras, administradoras, cuidadoras, enfermeras, cocineras y limpiadoras sin salir de casa, 

2026-03-08

Meraki

Me gusta el descaro de marzo y esa chulería como de página en blanco, que se ofrece para ir rellenando tareas hasta completar aforo casi de manera compulsiva. La primavera, como renacimiento, invita a ello. Llega con la factura del desgaste y con las rebajas de lo inservible, ya pagadas, aunque Mercurio en retrógrado se empeñe en hacer de duende malo desmoronando rutinas y proyectos como si fueran un castillo de naipes. No en vano, para los romanos, que sabían latín (perdón por el chiste fácil), era el primer mes del calendario, en honor a Marte, al que solemos identificar como dios de la guerra, opacando su vinculación a la naturaleza en general y a la agricultura en particular. Vamos, que pasa con Marte como con las personas, a las que se nos coloca una etiqueta y, en una suerte de sinecdoquismo mutilante, acabamos siendo conocidos o reconocidos por una ínfima parte de lo que somos, que no nos define y que probablemente ni nos represente. Pero te quedas con la etiqueta y es muy difícil deshacerse de ella. 

También es el mes en el que se celebra el Día de la Mujer, que para algunas de nosotras y muchos de vosotros es una fecha que no tiene sentido y que normalmente suscita la estéril pregunta de ¿y por qué no hay un Día del Hombre? Sí, lo hay. El diecinueve de noviembre, de nada.

Huelga decir que yo sí considero esencial la celebración del 8M, porque por desgracia sigue siendo necesario recordar que no existe igualdad de género en lo que a derechos y condiciones se refiere. Y porque, aunque suela ser habitual aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid y denunciar la existencia de la violencia de género también este día, es un hecho que, en el momento en el que estoy escribiendo esta columna, solo en España, en lo que llevamos de año, diez mujeres —y dos menores— han sido asesinadas por hombres.

Tenemos derecho a vivir, ese es un derecho fundamental, y a ganar lo mismo que un señor que desempeña el mismo trabajo y a promocionarnos, y a vestirnos y desnudarnos cómo, cuándo y con quien nos dé la gana.

Cada vez que digo que en otra vida elegiría ser hombre, lo hago con el convencimiento de que es más fácil vivir siendo hombre, hasta para hacer pis.

Nuestra complejidad nos machaca, y a menudo esto sirve de argumento para atacarnos, y yo comprendo que pueda resultar difícil entendernos cuando a veces no nos entendemos ni nosotras. Somos fábricas de vida y de leche, productoras, administradoras, cuidadoras, enfermeras, cocineras y limpiadoras sin salir de casa, como para que una vez que ponemos el pie en la calle todavía se nos considere inferiores. 

Meraki es poner el alma y el corazón en lo que se hace. Y es lo que he intentado transmitir en mi reivindicación, porque ser feminista no es odiar a los hombres, sino defender los mismos derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, por más que algunos se empeñen en hacer del feminismo una etiqueta que no nos pertenece: esto no va de amargadas malfolladas con ganas de guerra, solo va de igualdad.


 

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