"Perlas, jamones y polvos

2026-05-08

Perlas, jamones y polvos

A casi todo se acostumbra una menos a despertarse a las seis de la mañana. Que sí, que cuando llevas más de media vida haciéndolo, hasta cuando no suena el despertador abres los ojos por rutina a la misma hora. Y empieza ese tira y afloja delirante entre la mente y el cuerpo. Pero es una batalla perdida. Y está más que demostrado que Dios no ayuda a quien madruga, porque si lo hiciera, se iba a levantar a las seis Rita.

Escuché una vez al entrenador de Isabel Preysler, a las puertas de su casa, diciendo que la señora suele despertarse a las 15:30, porque le encanta ver series en la cama y que es a esa hora cuando el cuerpo le pide marcha. ¡La madre que me parió! A la hora que se despierta ya he estado yo currando ocho horas eternas que me dejan hecha mistos para lo que queda del día. Toda la vida pensando que su aspecto juvenil se debía a sus buenas cremas, tratamientos y cirugías, y va a resultar que el no dar más palo al agua que hacer estiramientos, organizar el menú y hacer una exclusiva de vez en cuando, es el secreto mejor guardado de la filipina. Hace muchos años se rumoreaba que su gran secreto era otro: hacer como nadie el carrete, técnica sexual consistente en enrollar una cuerda o un pañuelo sobre el pene del amante, que en su caso —se decía— sustituía por un collar de perlas. Nadie más que ella y sus compañeros de cama saben cuánto de verdad o de mentira hay en esta leyenda, el caso es que desde que lo escuché, desde Julio Iglesias a Vargas Llosa, pasando por Miguel Boyer o Carlos Falcó, por muy vestidos que aparecieran en las revistas o en la tele, yo me los imaginaba con el cimbel enrollado con unas buenas perlas australianas y los ojos en blanco. Imagínate el cuadro, el primero sobre el escenario con el micrófono en la mano, el último recogiendo el Nobel de Literatura, y ambos en mi cabeza con las perlitas de los cojones, nunca mejor dicho. Pues ese pensamiento me ha acompañado toda la vida. (Y no se me ha ido, no).

Tres cuartos de lo mismo con lo de Luisa Sala, actriz fallecida por atragantamiento mientras se embaulaba una loncha de jamón. La tengo tan presente en ese gesto tan cotidiano, que es imposible que no mastique el jamón y cualquier embutido con excesivo cuidado recordando la tragedia de su muerte. Mejor suerte debió correr Paco Martínez Soria, a quien, según la rumorología, la parca le pilló echando un polvo con una compañera de reparto, aunque la prensa se encargara de maquillar el suceso tildándolo de muerte accidental, no fuera a ser que lo último que supiéramos del afamado actor es que se la pegaba a su señora con otra.

Tiene esto de llevar a cuestas el madrugón que a las siete de la tarde de un miércoles te da por escribir la columna del domingo y empiezas hablando de la Preysler y terminas impregnando en el lector la imagen del pene y las perlas, haciéndole partícipe y heredero de ese pensamiento intrusivo y cachondón, para los restos. ¡Y cuidadito con el jamón y con los cuernos, que también los carga el diablo.


 

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