"No está este comienzo de año para que nos den sermones desde ninguna montaña

2026-01-25

¿Bienaventurados los pobres?

Ni siquiera aquel gran hombre —dicen que hijo de un tal Dios de los Cielos y de la Tierra— que zarandeo la conciencia de los hombres hace ya demasiado tiempo —2025 años y veinticinco días aproximadamente— dedicó sus bienaventuranzas a los «pobres pobres», a los pobres de solemnidad, sino a esa subdivisión de la miseria humana denominada «los pobres de espíritu». Es decir, a aquellos que reconocen su dependencia de ese tal Dios padre, a diferencia de la pobreza material; porque es a ellos a quienes pertenece el reino de los Cielos, pues no confían en sus propias riquezas o méritos, sino que es la humildad la que los abre a la gracia divina. O eso, más o menos, viene a decir Mateo en el tan socorrido capítulo 5, versículo 3 de su evangelio. 


Por desgracia, cuando la pobreza entra por la puerta, el amor y todo lo demás, incluidas las ganas de sentirse un ser de luz espiritual, saltan por la ventana. Bueno, eso si se posee o se puede alquilar algún habitáculo con puertas y ventanas a lo que poder llamar hogar. De ahí que yo no me crea esa pretendida vuelta de la juventud actual hacia la espiritualidad, a no ser que sean parte de esa reducida facción de iluminados, pero privilegiados, tipo Rosalía o, sin ir tan lejos en la bienaventuranza de la fama musical y de lo material, tipo Hakuna Group Music. 


No está este comienzo de año para que nos den sermones desde ninguna montaña. Quienes lo petan, quienes llevan la batuta en esta sinfonía infernal del nuevo orden mundial no necesitan cargar sus discursos de razones. Por no necesitar, no necesitan de partitura. Lo suyo es la improvisación, o lo que es lo mismo, hacer en cada momento lo que les salga de su real gana. ¿O creéis que Trump tiene guionizado cada paso, a cuál más siniestro y disparatado, que está dando en este primer mes de 2026?


Y ahí estamos la mayoría de los habitantes de este mundo —los pobres de espíritu y de todo lo demás—, luchando por no desfallecer en nuestro intento de ser eso: humanamente mujeres y hombres que, a pesar de todo, manejamos las cosas de la mejor manera que sabemos o que podemos. El problema está en que ese no ser privilegiados «Men of good fortune», que cantaba Lou Reed, nos puede llegar a frustrar hasta el punto de hacernos romper los ramales que nos unen a la paciencia, a la razón. Porque es un hecho: los pobres ansiamos lo que tienen los ricos. Pero me temo que, para conseguirlo, no baste con imitarlos, vistiendo como ellos, pensando como ellos o votando lo mismo que ellos. La Justicia con mayúsculas requiere de una altura moral, espiritual si se quiere, que esta sociedad está a punto de perder de manera definitiva.

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