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"Era en realidad un tipo muy alejado de lo que su imagen ganada al pulso de los años daba a entender |
2025-12-28
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Otro ángel caído

No sé si es por la generación a la que pertenezco, o por la formación o la deformación —según se mire— musical adquirida. El caso es que todo ello en conjunto me daría para escribir un obituario aceptable sobre Robe Iniesta, acompañado de una loa perfectamente estructurada sobre su música y sus letras. De hecho, de una manera más causal que casual, sin tener plena conciencia de la gravedad de su enfermedad, la noticia de su muerte me sorprendió dándome cabezazos con la guitarra y con esa primorosa manera suya de tocar con acordes de tercera.
Pero quedaros tranquilos, que no os voy a dar la matraca con el líder de Extremoduro, entre cuyas huestes de seguidores parece ser que se encontraba «to er mundo», incluidos este señor que no es presidente porque no quiso, y el que si lo es —de momento— porque así lo quiso la mayoría de los votantes, sumados los suyos y los de otros partidos.
Por ello que, para este rebobinado, y esperando que no me acusen —cuan si fuera un político de tres al cuarto— de subirme al carro del oportunismo, me he ido directo a repasar la música del otro rockero caído recientemente, aunque sea solo por el hecho de que hay canciones de Jorge Martínez que llevan grabadas en la cinta virgen de mis preferencias desde que tenía dieciocho años.
Jorge, el líder de Ilegales, —como también ocurría con Robe Iniesta— era en realidad un tipo muy alejado de lo que su imagen ganada al pulso de los años daba a entender. Era como si esa chulería que se le hacía mueca torcida en la boca y en el cantar, y en el hablar, más que parte del disfraz del personaje, fuera un escudo protector; como si debajo del macarra, del hortera que iba a toda hostia por la carretera solo hubiera un niño enclenque y desvalido que, asustado, se hubiera atrincherado detrás de sus innumerables guitarras, mientras disparaba enérgicos y brillantes «riffs».
Incluso, al menos una vez por disco, le daba por mostrarse con la sincerad hiriente y herida a la vez, a pecho descubierto, a través de un tiempo medio o una balada oscura y triste, como ocurre en esa hermosa canción llamada «El bosque fragante y sombrío» de su álbum Rebelión de 2018, cuya letra, según comentó en alguna entrevista, se le apareció como un resplandor —no recuerdo si matutino o vespertino— después de un concierto en Granada. Una canción de un Jorge Martínez rendido, incluso fulminado como el ángel caído de la portada de ese disco, a la luz del amanecer —o del atardecer— del Sur, mientras su coche se aleja rumbo al Norte, dirección Asturias y al final: al bosque fragante y sombrío donde «hoy ya empieza a ser ayer» y «lo que se ha perdido no se puede ya perder».


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