MARI CARMEN GONZÁLEZ NAVARRO

"En el pecho de los desdichados solo reina el desaliento
de un dolor sombrío, de una efímera existencia,
de un morir estando vivos.

2025-08-15

Muchos granos hacen una playa

Hace ya más de ochenta y cuatro años del holocausto cometido por la Alemania nazi y sus estados colaboracionistas, en donde fueron asesinadas varios millones de personas. Hoy, ya en el siglo XXI, aun los habitantes de este planeta azul seguimos lamentando consternados lo ocurrido hace ya casi un siglo. Seguimos visitando con horror aquellos campos de concentración que se hicieron famosos por la cantidad de miles y miles de personas, sobre todo judíos, que se exterminaron en su interior. Hombres, mujeres o niños. Daba igual su edad, a veces solo bastaba el hecho de ser judíos para ser condenados a la cámara de gas. Otros, en cambio, morían de una forma más lenta, que no menos cruel, lo hacían de hambre, sed, enfermedad e incluso frío. Sometidos a una serie de trabajos forzosos con su correspondiente ración de palos y torturas.

Nos compadecemos de aquel sufrimiento que padecieron esos millones de personas que la mayoría conocemos a través de los libros de texto y de historia, o, los menos, conocen por los relatos de algún familiar que estuvo preso, porque posiblemente cruzara a Francia huyendo de la guerra civil y fueron empaquetados en el ejército francés para luchar en la Segunda Guerra Mundial, después, apresados en Mauthausen, Auschwitz, o, en cualquier otro campo de concentración nazi.

Aún releemos con tristeza esas páginas que hacen referencia a esa etapa tan oscura del pasado reciente, pero no somos capaces de hacer nada por detener el genocidio que se está llevando a cabo en hoy en día en Gaza y Cisjordania en pleno siglo XXI contra el estado de Palestina. Cuando muchos de nosotros, por no decir todos, nos consideramos más empáticos con nuestro prójimo. Cuando creemos que somos más espirituales y menos materialistas que nuestros antepasados. Y somos capaces de apagar el televisor para acallar nuestra conciencia cuando salen esas pocas fotos y esos pequeños videos en los que se puede ver lo que queda y en qué condiciones subsiste la población gazatí.

Un estado al que no se le reconoce, que deambula entre ruinas. Un pueblo hambriento al que se le niega hasta el agua potable. Masacrado por las bombas, mangoneado de un lugar al otro con el único fin del exterminio.

Ya no solo asesinados por las bombas y las heridas causadas por la metralla, sino por la desolación y la hambruna. Ver a sus hijos morir en sus brazos de hambre y sed sabiendo que a pocos Km hay una flota de camiones repletos de alimentos a los que no les está permitido el paso.

El hambre, la sed, la enfermedad son las armas más baratas, e igualmente efectivas que las bombas, aunque mucho más lentas en sus propósitos y más dolorosas.

Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, se basa en la blasfemia y la mentira para justificar lo injustificable, y sobre todo, justificarse así mismo en cada atrocidad, en cada asesinato, en cada masacre que manda realizar, e incluso cuando reparten algunas migajas de alimentos, para él , y para los que lo apoyan, es un buen momento para disparar contra una multitud hambrienta, desesperada por coger algo de alimento.

A él no le importan los rehenes, su meta es el exterminio del pueblo palestino.

A todos aquellos que le estorban los fulmina, en especial a los periodistas que son las únicas ventanas al mundo que tiene ese estado que agoniza día a día envuelto en un terrible sufrimiento.

Después el justificante más rastrero: ¡todos pertenecían a Hamás! Este es el justificante que vende al mundo, él, y los países que le apoyan.

Porque en realidad es que si Estados Unidos Y Alemania, por ejemplo, no le suministraran armas no llevarían más de sesenta mil muertos, no sé cuántos desaparecidos y una cifra desorbitada de mutilados.

Mientras tanto el mundo calla, o si habla lo hace muy bajito. Deberíamos alzar la voz, en cada ciudad. Sin importarnos nuestras ideas políticas, simplemente como ciudadanos del mundo que estamos en contra de ese genocidio que se está llevando a cabo contra el Estado de Palestina. Reivindicando los derechos humanos de un pueblo masacrado por el hambre la injusticia y las bombas.

Un grano de arena solo no es nada, muchos son una playa.

DOLOR DE UNA MADRE GAZATÍ

 

Si pudiera llegar hasta vosotros

                               —hijos míos—

Ahí, bajo una hierba que no crece,

Regada por un dolor profundo,

Más vasto que mi propia muerte.

La angustia resbala por mis ojos

en forma de caudalosos ríos.

Alzo al cielo mis ojos

Entonando un canto

                              —ya marchito—

Ofreciendo en mis brazos el cuerpo

Ya sin vida de mi hijo

                             —como víctima—

de un horrendo pesar de fuego y ruido.

En medio de las llamas de un hogar

antiguo

      —ya destruido—

Que solo prevalece en el recuerdo

que ya forma parte del olvido.

La destrucción: escaparate del miedo,

 de la dura muerte,

de un dolor antiguo.

¡Oh, Señor! No golpees más

mi cuerpo maltrecho

con tu brazo de metralla e ira.

Aún se queja mi alma vagamente

viendo mi familia masacrada,

mi vida rota, mi casa destruida.

Me muerdo los puños con tristeza,

con rabia reprimida´

voy como tantos caminando sin rumbo

                                           —a la deriva—

Enterrando a mis hijos al paso

de este destierro cruel que nos invita:

al hambre, al frío, a la sed,

a la enfermedad que nos abraza

                                     —y nos cobija—

En el pecho de los desdichados

solo reina el desaliento

de un dolor sombrío,

de una efímera existencia,

de un morir estando vivos.

¿Hasta cuándo hemos de andar

regando con nuestra sangre

el camino?

Desterrados de una tierra que ya

                                   —es humo—

Sin presente, sin futuro.

Solo el dolor del alma rota

camina entre los difuntos.

 

Fdo: Mari Carmen González Navarro


 

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