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2024-06-16
Metamorfosis humana

Si nos paramos a observar el cambio que hemos tenido los humanos en las últimas décadas: en nuestra actitud, en nuestro modo de comportarnos, en nuestro modo de pensar… Yo, casi llego a creer que un alto porcentaje de la juventud, y de los no tan jóvenes, van adquiriendo el síndrome de Peter Pan. Adultos que no quieren crecer, y que les cuesta aceptar las obligaciones propias de la edad adulta.
No me gustaría que este artículo se tomara como una crítica. Si no como una reflexión que tenemos que hacer todos. Yo, a veces pienso, como madre y como abuela, que soy que
la vida no la tienen fácil hoy los jóvenes, pero los jóvenes de antes tampoco lo tuvimos.
Las mujeres, hoy en día, gracias a Dios, lo tienen mejor que hace décadas, sin hablar de esos países que han caminado hacia atrás como los cangrejos. Aunque aún nos quede mucho camino por recorrer. Antes, en todos los trabajos, incluso en una simple vendimia, la mujer tenía un sueldo mucho más inferior que el hombre haciendo los dos lo mismo, recolectando uvas, por ejemplo.
Los sueldos también eran muy bajos, y las hipotecas y los alquileres muy altos. En 1998 pagué yo un interés de un 17,75 % de una pequeña cantidad de dinero que me faltó para comprar el solar dónde después hice mi casa.
Claro está que por entonces el que tenía dinero metido a plazo fijo le daban un mínimo de un 10 % de interés. Pero para el que tenía que pedir se le hacía muy difícil.
En el año 1990 hice la casa con un crédito de protección oficial, a un interés de un 10.5 %. Bueno, con dos créditos, porque tuve que sacar otro, por otro lado, para poder terminar 90 m cuadrados de vivienda, porque el gobierno repartió por entonces a “los ciudadanos con menos recursos” unos créditos tan ridículos que no llegaban ni para la mitad de la construcción. El dinero se lo habían concedido a las grandes constructoras… Y eso que estábamos con un gobierno socialista. Aunque por aquellos años parecía que Felipe González ya se movía más a la derecha que en la izquierda.
Tal vez porque los padres y los abuelos de aquellos años, y de otros años anteriores, trabajaron mucho, y disfrutaron de menos cosas, ahora parece que tenemos el síndrome de Wendy: el de satisfacer las necesidades de los hijos hasta llegar en ciertos casos a extremos incomprensibles. Ya que no me refiero a que tengan treinta y cinco o cuarenta años y aún vivan en casa, sino que en muchos casos no sean capaces ni de hacerse la cama, ni de lavarse la ropa. Porque les servimos los pensamientos, y sin darnos cuenta, poco a poco, nos hemos ido convirtiendo en sus verdaderos sirvientes.
No me explico cómo hay tanto paro en los jóvenes, y al mismo tiempo se necesitan varios miles de conductores para camiones y autobuses.
También faltan albañiles, carpinteros, fontaneros, electricistas, soldadores, etc. Que de aquí a pocos años nos vamos a ver fatal con todo a lo que a la construcción se refiere, porque no hay gente suficiente que quiera aprender esos oficios.
Yo entiendo que el que realiza unos estudios quiera trabajar en el terreno que ha estudiado, pero hasta que encuentra, ¿por qué no trabajar en otra cosa?
Tal vez los gobiernos deberían apoyar más el aprendizaje en las empresas. Quizá con una cuota más baja en la seguridad social para aquellos que no quieren estudiar o hayan acabado los estudios. Pero es muy difícil tener experiencia cuando no existe un periodo de aprendizaje, y no me refiero a unas cuantas prácticas.
Posiblemente, antes, hace varias décadas, cuando existía la E.G.B. e incluso creo que había menos ayudas, y menos becas, pero lo que sí era positivo, era, que quien no estudiaba por el motivo que fuera. O bien hacía un módulo de formación profesional, o bien se iba de aprendiz de algún oficio, y cuando tenía dieciocho o veinte años, tenía experiencia, y el oficio si le ponía interés, casi aprendido.
Hoy, las empresas piden experiencia a la hora de contratar jóvenes, ya que pagan igual por uno que sabe cómo por uno que no. Y es un círculo vicioso que sin oportunidad no hay experiencia, y llegan los jóvenes que no estudian a veinte años sin oficio ni beneficio. Y si a esto le añadimos que los padres aún les siguen viendo muy niños… Pues luego nos quejamos de que tienen treinta y tantos y no se han independizado, y además hay muchos que no colaboran con las labores de la casa; se han hecho cómodos, y a algunas madres parece que se le van a romper sus hijos si colaboran en algo.
En la escuela, pienso, que también les tenemos demasiado protegidos. Y por supuesto yo soy partidaria de no consentir el bullying, y a la menor sospecha poner en marcha el protocolo para cortarlo de raíz, pero eso de que un profesor no pueda regañar a los alumnos porque enseguida se les echan los padres encima…
A mí me causa risa esa frase tan repetida por una inmensidad de madres: “Mis hijos, eso no. Mis hijos no hacen nada malo”. Nadie sabe lo que hacen sus hijos cuando salen de casa. Igual que nuestros padres, tampoco sabían lo que hacíamos nosotros cuando nos íbamos. Aunque antes el que hacía por ahí una trastada y alguien le veía, normalmente le regañaban. Se le caía la cara de vergüenza y no contestaba. Ahora no puedes decirle nada a ningún chaval que veas haciendo una mala faena porque te come.
¿Estaremos entonces perdiendo los valores sobre la convivencia y la educación?


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